jueves, 9 de mayo de 2013

Artistazos.....


La fotografía de Dennis Hopper, en el Museo Picasso de Málaga

Día 30/04/2013 - 14.54h

La carrera en el cine de Dennis Hopper corrió pareja a su interés por el arte y la fotografía. El Museo Picasso, en Málaga, rescata esta última, la cual retrata a la perfección el ascenso y caída de un autor que no se amoldó a los cánones

La fotografía de Dennis Hopper, en el Museo Picasso de Málaga
Detalle de Dennis Hopper retratado por Andy Warhol (1971)
Desde hace décadas, la metodología de muchos artistas ha consistido enreclamar atención desde la marginalidad, cuestionando una autoridad que difícilmente se les otorgará a ellos aunque acaben siendo santificados por las jóvenes generaciones. Dennis Hopper operó de manera inversa: marginándose después de haber conocido la gloria con apenas diecisiete años. Acababa de interpretar pequeños papeles en «Rebelde sin causa» (1955) y «Gigante» (1955), tenía a James Dean como uno de sus mentores, y las expectativas en torno a su carrera eran enormes. Pero la ebriedad del éxito prematuro, la muerte o el ostracismo de sus maestros, su actitud rebelde y los coqueteos con el alcohol y las drogas le condujeron al desastre. Fue apartado de Hollywood por una oligarquía en decadencia que una década más tarde reclamaría de nuevo sus servicios, sin darse cuenta de que el carácter tempestuoso de Hopper, lejos de amainarse con la edad, se había recrudecido.
James Dean, que solía llevar a los rodajes una cámara de 16 mm., fue quien recomendó a Hopper que llevase siempre encima una cámara fotográfica por si el azar le deparaba alguna felicidad repentina. Durante años la recomendación quedó en suspenso, mientras se apagaban las últimas muestras de resistencia de Nicholas Ray y Samuel Fuller.

Muerte: final de trayecto

Fue por esa época cuando comenzó la carrera de Hopper como fotógrafo, observando paisajes urbanos, siendo testigo de importantes cambios sociales, viajando por las carreteras secundarias de EE.UU. y codeándose con los artistas que surgieron tras el expresionismo abstracto, en un intenso recorrido con cinco matrimonios, cambios continuos de ideología y lleno de tiempos muertos, que acabó en 2010 con su muerte.
No hace mucho, en un paseo que dieron Jordi Carrión y Germán Sierra por Santiago de Compostela, al entusiasmo del primero hacia «Incógnito», brillante ensayo de David Eagleman sobre el cerebro, el segundo le oponía la frivolidad de los libros divulgativos. Si ahora yo fuese Carrión, expresaría mi entusiasmo hacia la exposición sobre la obra de Hopper que se inaugura en el Museo Picasso de Málaga, como si nunca antes se hubiese visto su obra artística en España (cosa que sucedió en PHotoEspaña’98) o como si su polimórfico espíritu creativo al fin pudiese enseñarnos todas sus caras (aunque puedan echarse en falta pinturas, esculturas, grafitis, ensamblajes o más fotos de las 10.000 de su archivo personal, reducidas aquí a 150 mayormente tomadas entre 1961 y 1967). Y si fuera G. Sierra, posiblemente expresaría consternación ante una visión digerible de alguien a quien la idea del arte le despertaba los mayores recelos y que, como Artaud, no quería responsabilizarse ni de la condición de artista, ni del orden social implícito en ella.

El retratista y el explorador

Situándonos en un territorio intermedio, la exposición nos permite comprobar en sus primeras fotos signos de la decadencia urbana y de los importantes cambios sociales que estaban teniendo lugar en EE.UU. a principios de los setenta (cuando Martin Luther King abanderaba las manifestaciones a favor de los derechos civiles). De esos sentimientos contrapuestos surgió «Easy Rider» (1969), una película que dirigió al margen del sistema para incorporar elementos impropios del cine comercial de la época (como su peculiar banda sonora o el montaje de ciertas secuencias cuya potencia alucinatoria se debe en parte a Bruce Conner).
De su época más productiva como fotógrafo, durante los sesenta, Hopper emergió más como un retratista de celebridades (Warhol, Jane Fonda, Ike y Tina Turner) que como lo que realmente era: un explorador intentando dar forma a su propia psique. Algo así solo podía desembocar en una obra incompleta y quizás también insatisfactoria, pero no por ello menos heroica. Su foto de Paul Newman en un descanso del rodaje de «La leyenda del indomable» (1967), bastaría para explicar cuanto vino a continuación: el abandono de la foto, el éxito cinematográfico y el derrumbe personal, justo después de rodar «La última película» (1971), un proyecto al que cabría calificar de acid western, cuyos continuos problemas durante el rodaje y cuyos desastrosos resultados en taquilla condenaron a Hopper a una nueva década en dique seco si exceptuamos su intervención en «Apocalypse Now» (1979), donde interpretó a un fotógrafo hippy que ya no hace fotos.
A partir de un viaje a Japón en 1989, sus obras ya sólo describen al monstruo en la pantalla de los cines, como el Frank Booth de Terciopelo azul (1987), mientras el fotógrafo, el escultor, el pintor o el poeta preparaban una muerte digna con trabajos pulcros y experimentales que intentaban reconstruir la imagen de un artista serio, y no la del hombre roto que siempre fue Dennis Hopper.

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