Inasequibles al desaliento y fieles a su credo del share, los trileros de la noche prosiguen su huída hacia adelante: su becerro de oro se encuentra en serios apuros, su bandera está en aprietos clasificatorios y en el horizonte asoman unas elecciones donde conviene no equivocarse a la hora de apoyar al presidente correcto, porque quien se mueva, acabará por no salir en la foto. Para ellos es intrascendente que Falcao tenga opciones de quedarse, o que quiera irse a Inglaterra. Eso no vende periódicos, ni genera debate, ni hincha venas, ni genera mensajes vía SMS. No importa que él se haya hartado a decir que tiene tres años de contrato, que es feliz en el Atlético y que en el futuro vendrán otras Ligas. Existe un interés indisimulado en que al colombiano se le ponga cara de Hugo Sánchez y el resto es literatura que la industria de la telebasura engorda a gusto del consumidor. Falcao, desde que se levanta hasta que se acuesta, jugará en el Real Madrid. Supongan que el penúltimo intento de bombardeo sistemático sobre Falcao entraña algún tipo de veracidad. Si Falcao, con contrato en vigor, tiene algo firmado con otro club, la historia es sencilla: denuncia al jugador, denuncia a su agente y otra denuncia al club que ha vulnerado la ley a sabiendas de que está prohibido. Lapidario y contundente.
Los profetas saben que no importa el desmentido, sino el ruido. No importan los hechos, sino los decibelios. No es relevante la verdad, sino la expectación que genera la mentira. Su protocolo habitual, el desdén. Menosprecio a quienes no sirven para sus shows alucinógenos y colaboracionismo complaciente para los rumores que contengan el suficiente estramonio como para que el personal alucine. Escenas hilarantes, conversaciones surrealistas. Una burda imitación de ‘La conjura de los necios’, un despiadado retrato del género humano y sus miserias. Llevan tanto tiempo disfrutando del traje de Pupas que le diseñaron a medida al Atlético, que se han creído que esa prótesis es real. Lo grave no es la indefensión de la afición del Atlético. Qué les importa a ellos eso. Para ellos, lo relevante es que el Atlético sea una estación de paso para las estrellas. Una mentira cochina. La realidad, sin edulcorar, es más sencilla, pero hay que tener arrestos para mencionarla: Los que han convertido el Atlético en una estación de paso, desde hace 25 años, son los dirigentes del club, esos mismos con los que comen y cenan, a los que recurren cuando los del Madrid no se ponen, esos que les obsequian con promociones de sudaderas, pijamas y mantas oficiales por cupones, esos a los que masajean en cada entrevista, para que les cuenten chistes zafios y no tener que preguntarles sobre su torva realidad, su inepta gestión y su nauseabundo pasado en el club. Hay que tener más cara que un caballo para hablar de que el Atlético es una estación de paso y no mencionar a quienes han convertido ese club, el tercero de España, en una agencia de compra-venta de jugadores. Hay rostros de cemento armado.
Dicen los voceros, siempre fieles, como ultrillas teledirigidos, que el Atlético es una estación de paso para las estrellas. Lo hacen con un absoluto desprecio por la historia. Sin mencionar delitos prescritos, ignorando sentencias del Supremo, esquivando el esperpento de las SAD y sin denunciar un abusivo reparto televisivo. Es más cómodo pisotear a una afición harta de un bombardeo mediático imparable. La verdad es un sol de mentira, un atrezzo de cartón piedra. Durante años fueron cómplices de quienes convirtieron un club histórico en una sociedad histérica. Ahora son colaboracionistas de una industria que sólo se preocupa de los dos de siempre, los que generan audiencia. No importa qué diga Falcao, él sólo es la excusa perfecta para publicitar letreros de exclusiva y músicas apocalípticas. Lo productivo es fabular con pactos de servilletas, vídeos y frases de padres para los que, entre el honor y el dinero, lo segundo es lo primero. Se ríen del Atlético y de su afición. Como del Sevilla, del Betis, del Málaga, del Athletic y de todos aquellos que no les proporcionan la audiencia necesaria para saciar su gigantesco ego. Antes mentían mejor, ahora ya ni siquiera se molestan en disimular. No es nada personal, son sólo negocios.
Rubén Uría / Eurosport
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