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Prado-Hermitage, línea directa
Dostoievski escribió que San Petersburgo tenía una fisonomía “abstracta y premeditada”. Entre la tragedia y la seducción, esta ciudad rusa se alejó de la tradición oriental para entregarse al estilo barroco y neoclásico que los zares importaron de Occidente.
Esos mismos zares, con Pedro I a la cabeza y luego Catalina II y Nicolás I, iniciaron una espectacular colección de arte. A miles de kilómetros, en Madrid, la Corte española hizo lo mismo.El Prado y el Hermitage comparten ese origen como herederos de las colecciones reales, y hoy, reconocidos como dos de los grandes pilares culturales del mundo, están alegrando a miles de amantes del arte con esta inesperada vocación viajera.
Después de la exposición El Prado en el Hermitage, es el museo ruso, que atesora unos fondos magníficos –desde el siglo V a.C hasta el siglo XX– el que viene a España con piezas arqueológicas, artes decorativas, trajes de época, mobiliario y, por supuesto, el plato fuerte: una selección maravillosa de pintura, escultura y dibujo.
Los retratos de los zares y los bellos paisajes de San Petersburgo del pintor oficial de la corte imperial en el siglo XVIII, el sueco Benjamin Patterson, abren esta exposición embriagadora por su variedad y calidad. Y por ese asombro que produce pasar en tres salas por siglos de Historia del Arte.
Cuando dos gigantes se encuentran y se entienden, el resultado suele ser espectacular. La Fundación BBVA ha patrocinado esta hazaña artística.
A partir del próximo martes, aquí se verán muestras de la primera colección arqueológica rusa, la colección siberiana de Pedro I, con piezas de oro de los nómadas de Eurasia; una gran selección de orfebrería griega, pero sobre todo, brilla la pintura, desde el siglo XII al XX.
Es emocionante ver la maravillosa El tañedor de laúd, de Caravaggio, una obra de juventud pero de absoluta madurez técnica, justo al lado de El almuerzo, de Velázquez, y del San Sebastián de Tiziano. Como señala Gabriele Finaldi, comisario de la exposición junto a Sviatovslav Savvateev, del Hermitage, el hecho de ver este Tiziano junto a otras obras del pintor que forman parte de la colección del Prado es muy especial. Es sentirlas como en casa. La colección de pintura española del Hermitage incluye desde obras de El Greco, Velázquez y Ribera, hasta Picassos, del que se han traído tres pinturas. Pero aquí hay obras maestras holandesas, francesas… Los zares ordenaban comprar donde el arte se movía. Durero, Rembrandt, Rubens, Watteau o Ingres son algunos de los maestros de este museo.
La nacionalización de las colecciones imperiales, aristocráticas y privadas durante la Revolución Rusa explica la presencia de arte de los siglos XIX y XX en el Hermitage. La desaparición del Museo del Arte Occidental de Moscú le nutrió de obras impresionistas y vanguardias europeas. Monet, Cezanne, Renoir, Gauguin o Matisse, del que se muestra la inquietante Conversación, son buenas muestras. Precisamente son las donaciones y las compras las que reforzaron el arte moderno en el museo ruso, hasta llegar a las más recientes, como Cuadrado negro de Malévich, adquirida en 2002.
Pero no sólo de pintura vive esta exposición. El boceto en terracota de Bernini para el Éxtasis de Santa Teresa es magnífico, así como la elegancia en mármol de Antonio Canova y la Magdalena penitente. El esplendor de la corte rusa incluye trajes de gala, pero también joyas que marcaron tendencia en su momento, manufacturas chinas de los siglos XVII y XVII, joyas indias del siglo XVII, relojes de oro y plata europeos, conjuntos litúrgicos, candelabros... Llamarán la atención del visitante las piezas del mítico taller de Fabergé, joyero de la familia imperial, famoso por su huevos-joya. Aquí se exhiben piezas bellísimas como el Vaso de Flores, en cristal de roca, oro y diamantes.
La muestra, organizada por el Museo del Prado, el State Hermitage Museum y Acción Cultural Española, y patrocinada por la Fundación BBVA, es el colofón al año Dual España-Rusia 2011, que no ha podido ser más productivo.
Y además, el Prado se abre de par en par. Y no sólo porque la exposición se podrá ver todos los días de la semana, incluidos los lunes, durante cuatro meses y medio. Parece mucho tiempo, pero a buen seguro, habrá lleno total. Porque esta exposición es de esas que uno quiere volver a ver.
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