Riccardo Chailly: «A Verdi hay que amarlo en sus 360 grados»
Estamos en pleno epicentro del Año Verdi, del bicentenario de su nacimiento, que está levantando interés inusitado por la música del compositor italiano en todo el mundo. Los teatros de ópera compiten en programar las producciones más espectaculares y las casas de discos no se quieren quedar atrás en el desarrollo de nuevos proyectos y la búsqueda incesante para reeditar las mejores grabaciones históricas del pasado. Directores, cantantes y orquestas se afanan en apuestas originales ante la fuerza del legado verdiano, uno de los músicos que convocan multitudes en las temporadas con intensidad enorme y vigencia a prueba de siglos.
El director de orquesta Riccardo Chailly es, en este sentido, uno de los pilares del Año Verdi. El maestro italiano es uno de los especialistas más reconocidos en el compositor. Una referencia. Lo es a lo largo del tiempo porque ha exhibido un conocimiento profundo de su catálogo y, también, porque ha diseccionado sus óperas como nadie.
Chailly es un verdiano de raza, algo que se deja ver en su pasión cuando habla del compositor. La casa de discos Decca acaba de editar un nuevo disco suyo con la Filarmónica de la Scala de Milán –orquesta, como es lógico, también imprescindible al hablar de Verdi, por razones de tradición y por su magnífica realidad actual– en el que, lejos de acudir a cualquiera de los títulos más conocidos, y por lo tanto, de rentabilidad comercial, se ha lanzado a redescubrir al Verdi más sinfónico, que encierra valores a la altura de sus cimas vocales. El trabajo se titula «Viva Verdi, oberturas y preludios». Chailly atendió a ABC Cultural después de haber dirigido ópera, por primera vez, en el foso del Palau de las Artes de Valencia, en lo que es una nueva vinculación con nuestro país, una cercanía ya sostenida a lo largo de décadas.
¿Qué le ha llevado a grabar un disco sobre Verdi sin acudir a los tradicionales «hits» del compositor?
La razón es muy sencilla: la Filarmónica de la Scala me pidió un trabajo especial en torno al bicentenario del compositor, sobre todo teniendo en cuenta que no trabajaba con la orquesta desde hacía doce años. La calidad de esta formación sigue siendo excelente y está en franca mejoría con el lógico recambio generacional. En esta larga década sin trabajar con ellos he constatado cómo progresivamente se ha producido el relevo. Con la formación he realizado el esfuerzo de buscar una identificación especial y actual con Verdi, afrontándolo desde otra perspectiva.
¿En ese primer Verdi ya encontramos las características que posteriormente lo definirán o aún el estilo es indeciso?
Las primeras obras, incluso las menos consideradas, suponen el avance de sus grandes aportaciones. Estamos ante óperas y pasajes sinfónicos de altura, que requieren un virtuosismo más que notable. Se abre con ellos un mundo que antes otros no habían abordado. Ya se observa plenamente en «Alzira», de 1845, considerada, creo que erróneamente, como una ópera menor. Lo vemos en su sinfonía con pasajes que ya prefiguran alguno de sus títulos más conocidos, por ejemplo «La traviata». Es como si le sirviesen de preparación. El empleo que hace del clarinete en el tercer acto es un recurso típicamente verdiano para expresar el patetismo, la tristeza y la desolación.
Una vez realizado el disco, se propone al oyente un itinerario, una travesía a lo largo de la música de Verdi. ¿Qué balance o impresión se puede sacar del mismo?
¿Qué nos aporta la música de Verdi en nuestro convulso mundo? ¿Por qué mantiene su vigencia y el favor del público?
Hay una lectura interna para los italianos. Es su espíritu tan italiano y patriótico. Supo estar a la altura en un momento histórico de grandes cambios. Eso indudablemente le da gran fuerza y pienso que es extrapolable a otros temperamentos. Es un deber, para los músicos, dar a conocer la grandeza de Verdi en toda su intensidad, no de manera parcelada. El más conocido está al alcance de todos, pero yo, a lo largo del año, profundizaré en la búsqueda de arias menos conocidas. El pasado mes de febrero lo hice con la Filarmónica de la Scala y el tenorJoseph Calleja. Se interpretaron cuatro arias inéditas de títulos como «I due Foscari» o «I vespri siciliani»; de esta ópera, también sus pasajes para ballet, que son preciosos. Es obligatorio recuperar ese Verdi menos conocido y que en absoluto es menor. Hay títulos de los «años de galeras», como «I masnadieri», fabulosos. Esas galeras lo son en su vida personal, pero en ese periodo su inspiración artística es ya fabulosa. Encontramos títulos con diversos planos de calidad, pero estamos ante el discurso en evolución de un genio que va de «Oberto, conte di San Bonifacio» a «Falstaff». Es un camino de vida que va a permitir la llegada a puerto de las grandes obras maestras.
¿Para qué puede servir un aniversario tan rotundo con respecto a un autor tan popular?
Este afán no es nuevo en usted. Anteriormente apostó por ese catálogo más infrecuente, en vivo y en disco. Da la impresión de que es una batalla suya muy decidida.
Con el paso de los años he buscado el estudio en profundidad del primer Verdi, de su legado instrumental y también de la música sacra. Todo ello son como raíces del mismo árbol creativo y por eso publiqué hace tiempo el disco «Verdi Discoveries». Trabajando durante tanto tiempo en el compositor pude apreciar cómo su identidad viene de Rossini. Ahí tiene su matriz musical, su esencia y estructura. Pero en títulos como «Nabucco» da un salto, supera esa estructura y va hacia otro mundo teatral. De esa juventud más cercana al repertorio rossiniano, con cierto neoclasicismo en la forma, llegará luego a la maravillosa libertad de «Otello» y «Falstaff», en los que se ve ya plenamente desarrollado un nuevo lenguaje y un sentido teatral que se libera de esquemas anteriores. Esa evolución es fascinante. Creo que él mismo identifica de manera absoluta su libertad como creador en esos dos títulos.
España e Italia, coincidiendo con el Año Verdi, están sumidas en una profunda crisis económica que ha resquebrajado las estructuras culturales. Temporadas y teatros cerrados, otros profundamente heridos en su actividad. ¿Cómo nos puede afectar semejante panorama?
Sin embargo, mandan los recortes; algunos hasta el punto de llevar al cierre de equipamientos y una cierta demagogia que contrapone la inversión cultural con otras áreas que se consideran más esenciales.
Digámoslo de forma contundente: la música es un patrimonio esencial de una ciudad o de un ámbito determinado. En España, como en Italia, los grandes teatros tienen una fuerza enorme por sí mismos, son un elemento diferenciador del hecho de ser español. No se pueden perder porque son parte de la Historia del país. En estos momentos, en Italia, tenemos instituciones históricas que están viviendo un peligro real de cierre. Algunas de ellas son de una importancia estratégica. Por ejemplo, en Bolonia, donde surgió el wagnerismo en Italia. También atraviesan problemas muy severos otras ciudades, como Florencia. Estamos ante hechos gravísimos y hay que luchar con todas nuestras fuerzas para evitar un daño que, de ser definitivo, tendrá efectos irreparables a medio y largo plazo.
Cuesta entender cómo en los países del sur de Europa no se ha conseguido estabilizar un discurso en torno a la actividad cultural al modo del ámbito germánico o anglosajón, cada uno con sus características propias pero ambos muy estables incluso en momentos de dificultades extremas.
Mire, no hay grandes diferencias en lo que se refiere a los profesionales, a la estructura de programación musical. El verdadero hecho diferencial es otro y reside en el discurso oficial sobre la música. Llevo varios años en Leipzig y he podido constatar cómo la música es, desde hace siglos, la bandera cultural de la ciudad. Es algo que siempre ha sido así, sin grandes vaivenes ni improvisaciones. Y, curiosamente, desde nuestra perspectiva son los políticos los que impulsan estos procesos. Aunque la crisis llegue a Alemania, podemos estar seguros de que la ciudadanía no les perdonaría renuncias en estos sectores que la sociedad considera esenciales.
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