Ada Colau: «Lo mejor que puede hacer el PSOE como estructura es desaparecer»
Ada Colau es
como la ciudad de Los Ángeles. Llegas a ella conociéndola desde la
primera esquina de Westerly Terrace hasta el último grano de arena de
Venice Beach aunque sea la primera vez que la visitas. Es el efecto del
cine y la televisión, pero también de las redes sociales y, en el caso
de Colau, de esa impagable campaña de marketing
que los genios de la prensa cortesana castellana le han regalado con
toda la elegancia e independencia del poder político de la que suelen
hacer gala. Ada Colau, que según esta gente es ETA y Al Qaeda y el virus
del ébola condensado
en 1,70 metros de altura, lo llama «la sobreexposición mediática». Una
sobreexposición mediática que, eso sí, le ha permitido a la plataforma
Guanyem Barcelona, de la que ella es cara visible, ganar por mayoría
aplastante las próximas elecciones a la alcaldía de Barcelona sin saber
ni siquiera si se va a presentar a ellas. Durante la entrevista, cita al
menos media docena de veces la frase más conocida de Eldridge Cleaver:
«Si no eres parte de la solución, eres parte del problema». Ya saben,
Eldridge Cleaver, el ministro de Información de los Panteras Negras. El
de «no necesitamos una guerra contra la pobreza, necesitamos una guerra
contra los ricos».
Quieras
o no, eres la cara visible de los escraches tras tu paso por la
Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). ¿Dónde pones la raya del
nivel de violencia aceptable en una democracia?
Hombre,
es evidente que para mí el límite es la violencia. Pero el debate está
en qué definimos por violencia. Yo he sido una activista de la no
violencia y no he matado nunca una mosca. Y precisamente porque lucho
por una sociedad no violenta creo que no puedes utilizar la violencia.
No creo en ella ni en términos éticos ni estratégicos. Y por eso nunca
la he utilizado como activista. Pero más allá de la violencia física
está el debate de lo que se considera violencia. A nosotros nos decían
que éramos violentos por hacer escraches, que eran en realidad
manifestaciones pacíficas en la calle con cartelitos verdes de «sí se
puede». Todos los jueces nos han dado la razón y han dicho que ahí no
había ninguna violencia. Estamos denunciando una violencia estructural
que no tiene a un sujeto concreto que pega a otro. Pero sí se está
sacando a la fuerza a familias de sus viviendas para mantener los
beneficios de los bancos. Y eso para nosotros es violencia. Hay policías
antidisturbios que están derribando puertas por la fuerza, la fuerza
del Estado, para sacar a la gente de sus casas y dejar esas viviendas en
manos de especuladores. Eso para mí es violencia. Los escraches no lo
eran.
Tú
hablas frecuentemente de desobediencia civil. Imagina una plataforma
ciudadana que llamara a la desobediencia civil por la vía del impago de
impuestos. ¿Tu opinión sobre ella cambiaría en función de si gobierna
Podemos o el PP?
No,
no, no. Yo no creo en la desobediencia civil «porque sí». La
desobediencia es una herramienta. El objetivo de la PAH es el derecho a
la vivienda, no la desobediencia civil. La PAH quiere parar los abusos
de la banca en este país. Y por eso agotamos en su momento todas las
vías del sistema. Interpelamos a los partidos políticos; a las
instituciones locales, autonómicas y estatales; presentamos escritos en
los juzgados; interpelamos al Parlamento Europeo y a Naciones Unidas;
recogimos un millón y medio de firmas como hormiguitas y con toda la
paciencia del mundo mientras se echaba a la gente de sus casas… y todo
para que luego el PP tirara esas firmas a la basura. Nadie ha agotado
más vías legales que la PAH. Pero una vez agotadas esas vías nos
encontramos con un sistema bloqueado y que daba la espalda a las
reclamaciones ciudadanas mientras las encuestas decían que entre el 80 y
el 90% de los ciudadanos apoyaba nuestras demandas de mínimos. Y si una
vez agotadas las vías para esas demandas legítimas, basadas en los
derechos humanos, con un amplísimo apoyo social, con una enorme
movilización detrás, el sistema da la espalda a los ciudadanos… entonces
es legítima la desobediencia civil. Pero no simplemente para protestar y
visibilizar el conflicto, sino como mecanismo efectivo de autotutela de
derechos. La desobediencia nos sirve en este caso para parar
desahucios, para que la gente no se quede en la calle, para realojar a
gente en pisos vacíos propiedad de la banca… Dentro de esa filosofía es
donde la desobediencia civil tiene sentido: por una causa justa,
legitimada y contrastada con el resto de la población. Y el no pagar
impuestos se ha utilizado en diversos momentos como forma legítima de
protesta. Por parte por ejemplo de movimientos por la paz y contra la
guerra. Pero lo han hecho de una manera muy razonable, ante notario,
destinando ese dinero a causas por la paz y contra la industria de la
guerra, no al lucro personal. Así que depende mucho de cómo lo hagas.
Claro. Pero, ¿quién decide qué objetivos son legítimos y justifican la desobediencia civil y cuáles no?
A
ver. Que la ciudadanía se organice y proteste, mientras esas protestas
no sean violentas, es totalmente legítimo. Mande quien mande. Otra cosa
es lo que hemos visto por ejemplo en América Latina, con esas protestas
organizadas y financiadas por la derecha. Una derecha que puede tener
mucho dinero y que incluso ha intentado golpes de Estado en países
democráticos donde los ciudadanos han votado a sus gobiernos. Golpes de
Estado financiados por potencias extranjeras que han visto una amenaza
en esas democracias incipientes. Y ya estamos viendo aquí que por parte
de las grandes concentraciones de dinero puede haber incluso intentos
golpistas para pervertir las reglas democráticas. Tenemos unas reglas
aparentemente democráticas e iguales para todos. Pero lo que denunciamos
es que eso no es así. Que las instituciones legislan siempre a favor de
unos y en contra de la mayoría. El rescate a la banca es el ejemplo
máximo. La democracia es contraste de poderes y contrapoderes, no hay
una verdad única, pero lo que sí hay son los intereses de una mayoría
que apuesta por democracia y los derechos humanos, y los intereses de
una minoría que busca beneficios económicos. En Guanyem Barcelona no
queremos ganar la alcaldía, queremos ganar Barcelona para sus vecinos y
vecinas. Queremos ganar la democracia. Eso va mucho más allá de las
elecciones. Las elecciones son un mecanismo, una herramienta más. Se
pueden ganar y hay que ganar. Pero una vez ganado el Ayuntamiento en
número de concejales, no has ganado. El día después hay que hacer
políticas rupturistas y reconquistar derechos. Por ejemplo: el agua.
Tenemos un agua privatizada, más cara y de peor calidad. Pero hay otros
municipios que están recuperando la gestión del agua. Eso supone
enfrentarse a Agbar y La Caixa, que ahora mismo son los propietarios del
agua en Barcelona y Cataluña. Y enfrentarse con esos poderes no lo
consigues ni siquiera con una mayoría absoluta en el Ayuntamiento.
Necesitas a una sociedad movilizada para imponer el interés general por
encima de los intereses particulares. Intereses que hoy tienen
tentáculos por todas partes. No solo en las administraciones públicas
sino en el poder judicial, en los medios de comunicación…
Te
has ido al ejemplo extremo del golpismo de derechas, pero hay protestas
que sin llegar a esos extremos podrían considerarse legítimas. Por
ejemplo contra la expropiación de viviendas vacías propiedad de
ciudadanos particulares.
No,
eso no lo haríamos nunca. Nosotros planteamos sanciones o expropiación
temporal de los pisos en manos de los bancos, y especialmente en manos
de los rescatados con dinero público, no de pisos propiedad de
propietarios particulares. Esa confusión entre el pequeño particular y
el gran empresario con pisos para especular ha sido una de las
herramientas que se han empleado para impedir las medidas de sanción y
expropiación de los pisos vacíos. Esas medidas ya se han aplicado en
Andalucía, donde se diferencia entre pisos en manos de sociedades y
pisos en manos de particulares. Las sanciones y las expropiaciones son
para los primeros.
Entiendo que vosotros aplicaríais esa misma medida en Barcelona en caso de llegar a la alcaldía.
Evidentemente.
Entre nuestros objetivos de mínimos está el del derecho a la vivienda,
que es una emergencia. Tenemos miles de pisos vacíos y miles de
desahucios. La provincia de Barcelona encabeza los rankings
estatales de ejecuciones hipotecarias y de desahucios. Y una situación
de emergencia requiere medidas de emergencia. De hecho, el contrapoder
ciudadano ya está forzando cosas que eran impensables hace un año, como
la sanción a los pisos vacíos. Se han aprobado mociones en el
Ayuntamiento de Barcelona y en otros gracias a la presión social. Se
están dando pasos adelante. Pero muy lentos, muy tímidos. Y una de las
razones por las que queremos llegar a la alcaldía es para primar el
derecho a la vivienda por encima del derecho a especular con la
vivienda.
¿Alguna
vez te has planteado la posibilidad de que los políticos pueden estar
alejados de los problemas reales de los ciudadanos pero que quizá
vuestra visión es demasiado cercana a ellos?
Cuando dices «vuestra», ¿de quién estás hablando?
De Guanyem Barcelona, pero cambio el enunciado y te lo pregunto directamente a ti.
Te
lo digo porque yo participo de un espacio mucho más amplio que es la
plataforma Guanyem Barcelona. En Guanyem Barcelona hay catedráticos,
ingenieros, médicos, gente de todo tipo, con todo tipo de profesiones,
experiencias y conocimientos. Presuponer que todos ellos están demasiado
cerca de los problemas, que tienen buenas intenciones pero que no
saben… ¿Cómo que no saben?
Yo no he dicho que no sepan, he dicho…
No,
no, no. No has dicho eso, es verdad, has dicho que quizá no hay
perspectiva. Te voy a poner un ejemplo a partir de mi experiencia
concreta en temas de vivienda. Los partidos políticos y quienes han
tenido el control institucional han sido incapaces de ver la burbuja
inmobiliaria. Han negado su existencia hasta cuando la burbuja ya había
estallado. ¿Quién ha demostrado aquí una estupidez sublime? Estupidez… o
mala fe. Porque todavía no sabemos si quienes nos han gobernado hasta
ahora nos han mentido como bellacos. Cuesta creer que la ciudadanía se
diera cuenta del problema sin tener recursos y que los que tenían acceso
a todo el entramado institucional, político y financiero, con presencia
en los mercados internacionales, en el entramado de bancos y las
inmobiliarias, lo negaran explícitamente. Y está en YouTube, no es
cuestión de memoria. Salen Zapatero, las ministras y los consejeros de
la Generalitat de Catalunya diciendo en 2008 y 2009 que no había burbuja
y que lo que habría como mucho es un estancamiento de precios. Que la
vivienda era una inversión segura y que había que comprar viviendas como
fuera porque eso era lo más seguro que podía hacer un ciudadano
español. Eso lo hicieron los supuestos expertos, los que tienen
educación. Los economistas, los abogados, los que tienen una «visión
global» de las cosas. La ciudadanía de a pie, activista o no, supo ver
ya en 2006 que había una burbuja inmobiliaria. Y salió a la calle para
decir «nos estáis mintiendo y nos estáis expulsando de nuestras
ciudades». Hay toda una generación de jóvenes que no pueden emanciparse
hasta los cuarenta años por el precio de la vivienda. Luego llegó el
estallido de la burbuja. ¿Qué partido o institución se anticipó a ese
estallido? ¿Qué partido fue capaz de prever las ejecuciones hipotecarias
y los desahucios? Ni uno solo. Fue la ciudadanía la que creo la PAH, la
que denunció la deuda… Los ciudadanos iban a las administraciones y lo
explicaban. Hemos tenido reuniones con secretarios de Vivienda que no se
creían el sistema hipotecario español. Les decíamos «oiga, que la gente
se queda con la deuda» y ellos decían «no, eso no puede ser». ¿Cómo que
no puede ser? ¡Que lo pone en la ley, oiga! Eso se lo explicábamos
nosotros a ellos. Está claro que el entramado institucional no está
hecho para dar respuesta a las necesidades más básicas. Está hecho con
otras finalidades. Y eso se puede decir también en temas de agua y de
sanidad. Y en muchos otros temas, lamentablemente. La ciudadanía va muy
por delante de las instituciones.
Pero luego llegan las elecciones y los ciudadanos vuelven a votar masivamente a los partidos «del régimen», como los llamas tú.
Hasta ahora.
Algunas encuestas apuntan la posibilidad de que se empiecen a recuperar de nuevo. ¿A qué se debe esa persistencia, según tú?
Hay
varios factores. Uno es la inercia. Otro es el poder y el control. Esos
grandes partidos han diseñado las reglas del juego para beneficiarse.
¿Quién tiene acceso hoy en día a la financiación para hacer grandes
campañas? Cualquiera que quiera llevar adelante una iniciativa como la
nuestra va a tener problemas. Nuestro primer problema es que no tenemos
ni un euro. Ahora mismo tenemos una cuenta con doscientos euros. Y no
queremos endeudarnos con los bancos. ¿Quién tiene el dinero en este
país? Los mismos: los bancos, las grandes empresas… Donde por cierto
están colocados todos los exministros de los gobiernos socialistas y del
PP. Cuando denunciamos las puertas giratorias no es por un tema
estético. Es que eso tiene un efecto directo en términos democráticos.
¿Quién financia luego las campañas electorales? Y luego está el control
de los grandes medios de comunicación. Suerte que han aparecido internet
y las redes sociales. Porque el control de los grupos mediáticos es
brutal. Y cuando aparecen temas en los que nos jugamos muchísimo está
claro que hay bajadas de línea, como hemos podido contrastar en muchas
ocasiones. Se han blindado para mantener su poder. Y, a pesar de eso, el
sistema se está resquebrajando por todas partes. A pesar de tenerlo
todo atado y bien atado pasó un 15M y han surgido nuevos partidos que
sin disponer de poder político o económico han irrumpido con mucha
fuerza. Está claro que no será fácil. Sufriremos campañas de propaganda.
Como la campaña de criminalización que está sufriendo Podemos,
absolutamente desmesurada y fuera de lugar, que roza el esperpento.
Hablando de Podemos. ¿Cuáles de sus errores no vais a cometer vosotros? Si es que crees que han cometido alguno, obviamente.
Claro,
la política es imperfección. Se le pueden hacer críticas a Podemos y se
le pueden hacer a Guanyem Barcelona ahora mismo. No creo en la
perfección. Y es más: una de las prácticas que deberíamos introducir en
política es el reconocimiento de los errores. Lo normal es equivocarse.
Lo que es insólito es que las fuerzas políticas actuales no reconozcan
ningún error. De Podemos podría mencionar por ejemplo el exceso de
personalismo en la figura de Pablo Iglesias. Pero eso
no es responsabilidad suya sino de una sociedad mediática que tiende a
hacer caso solamente cuando ve figuras fuertes. Ahí tienes una
contradicción que me afecta también a mí. No me gusta participar de ese
espectáculo que magnifica a unas personas por encima de los procesos
colectivos. Pero al mismo tiempo es una herramienta que te permite
acceder a los medios.
¿Estás de acuerdo con la utilización del término «casta» para referirse a la clase política actual?
Sí.
Me parece una forma efectiva de resumir un sentir general. Luego puedes
hacer matices, puedes decir que no todos son iguales. Si no quieres
hablar de «casta», habla de «élites». Porque es evidente que en este
país existen unas élites que gobiernan en contra de la mayoría y de los
intereses generales. Son unas élites que llevan muchas décadas
instaladas y que en algunos casos vienen de la dictadura. Que se han
mantenido siempre ahí, a veces con un nombre, a veces con otro, a veces
en la sombra. Pero los mismos nombres te los encuentras en gobiernos de
un color, de otro, en consejos de administración, en los lugares de
poder. Esas élites existen y «casta» es una buena palabra para
definirlas.
¿Pero las élites son malas por definición o estás hablando más bien de las élites españolas?
Yo
critico el concepto de élite. Porque está señalando posiciones de
desigualdad. Y yo estoy en contra de la desigualdad. «Élite» tiene una
connotación de superioridad. Otra cosa es que haya liderazgos o
referentes. En la cultura, en la política, en la sociedad. Es normal y
es bueno para el avance de la humanidad. Siempre y cuando respondan a
intereses colectivos.
Tú
sueles utilizar el término «viejo régimen». ¿Eres consciente de que a
los viejos regímenes no se les sustituye pacíficamente por otro sistema
de gobierno sino que se les derroca por la fuerza?
Esperemos
que no. Nosotros apostamos por la no violencia aunque estamos sufriendo
violencia de forma cotidiana. Lo que estamos viviendo ahora lo definió
muy bien la periodista Olga Rodríguez cuando habló de «guerra sin
balas». Esas élites extractivas están acumulando toda la riqueza
posible en todos los ámbitos a costa de mercantilizar la vida misma de
la gente. Mira todas las reformas laborales que se han hecho. Es que
incluso el aumento de la tasa de empleo ya no significa nada. Hay
trabajo que roza la esclavitud. Hay gente que ni con dos trabajos llega a
fin de mes. Hoy ya hay violencia. Y sí, estamos hablando de cambiar las
reglas profundas del juego. Estamos hablando de un proceso de
transformación radical. Lo que es una paradoja es que lo que estamos
defendiendo ahora es lo que en teoría era nuestro sistema. Estamos
defendiendo la democracia. Y hoy defender la democracia es
revolucionario. Que hoy en día defender eso sea ser revolucionario es
toda una definición del sistema actual. Cuando a nosotros nos llaman
«antisistema»… No, perdone, es que el sistema era esto. [Pausa] No sé si me estás cuestionando que hable de «viejo régimen»…
No lo cuestiono, simplemente apuntaba que tu discurso tiene una carga de beligerancia bastante alta.
Es
que se hizo una Transición que se nos vendió como modélica. Todo era
perfecto, se había conseguido la democracia. Como si la democracia fuera
un punto de llegada. La democracia, si es real, es un proceso. A mi
generación se le vendió que ya estaba todo hecho, que había llegado el
fin de la historia, que había una única visión del mundo, la versión
oficial, que es el capitalismo. El Muro ha caído, el capitalismo ha
triunfado en todos los rincones del planeta y no hay alternativa, así
que apáñatelas como puedas, sobrevive como sepas, cuenta solo contigo
mismo y desconfía de tu vecino, písale si puedes. Además, gracias a
internet y las redes se ha visto que no hay grandes alternativas. Y en
España se junta ese discurso del final de la historia con la Transición
«modélica». Estaba todo hecho. Pero nosotros somos una generación que
sufrimos una enorme precariedad, un gran malestar. Muchas cosas que se
nos dicen no cuadran con nuestro día a día. Nos dicen que hay democracia
pero no podemos participar en las decisiones que nos afectan. Las del
FMI, por ejemplo. Con mis amigos siempre decimos que hay una canción que
define bastante bien eso. Es «Centro di gravità permanente» de Franco Battiato.
Ese discurso de la modernidad líquida, del fin de la historia, donde no
hay certezas, no hay grandes relatos y no existe un centro de gravedad.
Vamos todos flotando, sobreviviendo como podemos. Y lo que estamos
aprendiendo es que los grandes relatos y las versiones oficiales hay que
cuestionarlos por definición. Cuando te dan un relato hecho y acabado,
desconfía. No hay que caer en la trampa. Claro que hay alternativas al
capitalismo. Si disfrutamos de más recursos y avances tecnológicos que
nunca no podemos vivir peor que hace décadas. Es evidente que si se
administraran las cosas de otra manera podríamos vivir mucho mejor. Es
de sentido común. No podemos vivir en una civilización que te plantea
como algo sencillo viajar a la Luna pero como algo imposible el derecho a
la vivienda. No tiene sentido. Y entre los grandes relatos del
capitalismo y el comunismo surgen relatos alternativos, como el de la
economía del bien común. Y ya hay experiencias económicas en muchos
ámbitos que se están gestionando de forma democrática y que no ponen la
especulación y el beneficio en el centro. Este mismo local en el que
estamos pertenece a la Xarxa Solidària, que es una realidad que no para
de crecer, la del mundo de las cooperativas. Cada día se tiran toneladas
de comida mientras somos líderes en Europa de malnutrición infantil.
Somos el país con más desalojos de Europa y con más vivienda vacía. Hay
un tema de sentido común. ¿Eso es revolucionario? En el fondo, sí. ¿Que
tenga que hacerse con violencia? Creo que no está dicho.
Hablas
de modernidad líquida y de banalización, pero las redes sociales han
jugado un papel importante en el cuestionamiento del actual sistema
político. ¿No te parece contradictorio?
No
hay un «dentro» y un «fuera» del sistema. Todos estamos dentro y fuera.
Las redes sociales no son el problema, son una herramienta más. Y se
pueden usar bien o mal. Como la televisión, que creó la opinión de masas
mucho antes que las redes sociales. Puedes tener una televisión plural o
una televisión controlada que solo da pan y circo e información
orientada de forma partidista. También puedes tener unas redes sociales
que se usen para dos cosas contradictorias. Cuando se dice que tenemos
una juventud consumista que no se interesa por la política y a la que no
le importa nada… En primer lugar, los han educado para eso. Los han
machacado durante años midiendo a la gente por lo que acumula o por lo
que posee y no por lo que importa. Y eso es una educación recibida.
Acusarles de eso me parece injusto. Pero luego se encuentran con un
sistema que no les garantiza nada. Ellos han cumplido, son la generación
más preparada de la historia, pero ahora les dicen que no sirven y que
no hay lugar para ellos. O que si trabajan lo van a tener que hacer casi
gratis, como becarios hasta los cuarenta, y luego ya veremos. Así que
el hecho de que a esta gente a la que no se le ofrece un papel en la
sociedad, a la que no se valora, busque mecanismos de huida en la
diversión superficial me parece lógico. Absolutamente lógico. Y eso se
puede expresar en las redes sociales, en el consumo de drogas o en
muchas cosas. Pero el tema es el origen. La herramienta en sí no crea la
realidad.
Sí la crea. Que en Twitter no se puedan escribir más de ciento cuarenta caracteres da forma a un tipo de realidad muy concreta.
Claro
que las herramientas nos transforman. Y algunas nos están convirtiendo
en cyborgs y modificando nuestro pensamiento, nuestra capacidad de
concentración, la relación con nuestro cuerpo… Es posible que no seamos
conscientes de lo mucho que estamos cambiando en poco tiempo. Pero no
necesariamente nos transforman para mal. A veces también lo hacen para
bien. Por ejemplo, las redes han permitido cuestionar las versiones
oficiales y tener acceso a versiones alternativas que antes estaban
controladas por los grandes medios de comunicación. Y por eso desde el
poder se está intentando controlar internet y las redes: porque son un
foco de subversión. También han permitido que mucha gente aislada por
diferentes motivos haya encontrado formas de comunicación que hasta
ahora no tenía. Ha roto muchas soledades, en definitiva. Nos han dado
una conciencia global de planeta y nos han permitido ver que no somos el
centro del universo.
Has
dicho que has recibido ofertas de varios partidos pero que las has
rechazado porque no te interesa la política «institucional». ¿Qué
partidos eran esos?
Fueron ICV y las CUP.
¿Cuándo?
En
las últimas elecciones autonómicas. Y luego hubo gente que me tanteó
para varias experiencias que ha habido en las elecciones europeas. Lo
que yo dije, y sigo manteniendo, es que descarto un fichaje individual.
Yo apuesto por procesos colectivos. Como yo, mucha gente que no se había
planteado jamás el tema de las instituciones porque prefería mantenerse
en el campo del activismo se ve obligada ahora a planteárselo frente a
una situación de democracia secuestrada. Pero yo descarté el fichaje
individual porque creo que el sistema de partidos forma parte del
problema más que de la solución. Más allá de que no todos los partidos
son iguales. Porque algunos son partidos del régimen, partidos de
gobierno que han diseñado las instituciones y las reglas del juego tal y
como funcionan ahora, y que están plagados de corrupción. Y hay otros
partidos minoritarios que no han tenido esa responsabilidad. Pero, a
pesar de esa diferencia, hay una forma de funcionamiento del sistema de
partidos y de la financiación que tiene que ver con la falta de
democracia en este país. Lo que en un momento dado podía tener sentido,
durante la Transición, ahora ya no responde a las necesidades de la
ciudadanía. Y eso hay que regenerarlo. Que no quiere decir tirar a la
basura todo lo que se ha hecho hasta ahora: hay mucha gente válida en
muchos sitios. Pero está claro que hay que actualizar las formas de
participación política. Y para hacer eso hay que buscar otras formas de
representación y de intervención en las instituciones más allá de los
partidos existentes.
Entiendo
que esas son las razones por las que rechazaste su oferta, pero ¿qué
crees que pretendían conseguir ellos con tu fichaje?
Vivimos
en un sistema de partidos y en una democracia absolutamente
electoralista, del corto plazo, donde todos los partidos piensan en
estrategias para ganar las elecciones y no en mejorar la calidad de vida
de los ciudadanos. Y ese cortoplacismo electoralista hace que se
busquen caras visibles o que puedan tener legitimidad para reforzar
candidaturas electorales. Eso se puede hacer con buena o mala intención.
Pero independientemente de las intenciones, está claro que un problema
de democracia secuestrada no lo cambias con fichajes individuales. Por
mucha legitimidad que tengan. Si yo me he convertido en una figura
pública con más o menos legitimidad no es por mis cualidades personales,
sino porque he sido cara visible de procesos muy amplios. Y en concreto
de la PAH, en la que han participado miles de personas. No es mérito
mío, así que tengo que ser extremadamente cuidadosa con ese capital
simbólico.
¿Crees
quizá que ellos mataban dos pájaros de un tiro con tu fichaje? Por una
parte, ganaban legitimidad. Y por la otra, eliminaban a un posible rival
de cara a futuras elecciones.
Bueno,
hay de todo. Creo que eso de evitar rivalidades es más propio de
partidos del régimen. Yo creo sinceramente que las CUP no tenían esa
intención. Al contrario. Son un formación de nuevo cuño, de reciente
creación, no es un partido del régimen. Es una experiencia horizontal y
asamblearia que se ha forjado en el municipalismo. Las CUP creen que
deben ser las personas que ya están activas en la sociedad, las que han
demostrado que trabajan por el bien común, las que sean caras visibles
en otros espacios. En cuanto a otros partidos, yo quiero pensar que
tenían buenas intenciones. También hay que saber ver una victoria en el
hecho de que algunas formaciones políticas reconozcan que hoy en día, en
muchas cuestiones esenciales, el liderazgo está en la sociedad civil y
no en los partidos o en las instituciones. Liderazgo en el sentido de
que los que están anticipándose y dando respuestas a necesidades básicas
como la de la vivienda no son las instituciones, que tienen todos los
recursos para hacerlo, sino grupos como la PAH. Y no solo para
denunciarlo sino para dar respuesta y forzar a los bancos a negociar.
¿Cómo surge la idea de la plataforma Guanyem Barcelona?
No
tiene un día concreto de nacimiento. Forma parte de esa efervescencia,
de ese anhelo de democracia. Forma parte de un debate mucho más amplio
que no es solo de Barcelona o de Ada Colau. De hecho, no es idea mía. La
ciudadanía está pidiendo más y mejor democracia porque vamos hacia una
versión contemporánea del feudalismo y de la esclavitud. Este es un
proceso no solo de critica al secuestro de la democracia sino también de
autocrítica: si no te implicas en política, otros la harán por ti. Está
claro que la democracia que delega el voto cada cuatro años no nos ha
servido y que nos ha hecho acabar como hemos acabado: con partidos e
instituciones plagados de casos de corrupción y con una de las
situaciones de mayor empobrecimiento y desigualdad de toda Europa. Ese
debate se está viendo en las calles y en los colectivos de Barcelona,
una ciudad que tiene una tradición histórica de activismo y que ha
liderado muchas rebeliones democráticas a lo largo de su historia. Y si
planteas una revolución democrática, lo más coherente es empezar por el
municipalismo, desde abajo, desde la proximidad, desde lo más inmediato.
Además, Barcelona no es solo Barcelona. Es un símbolo de Cataluña, de
España, del Mediterráneo e incluso de Europa. Y, por eso, empezar
procesos aquí que planteen una confluencia muy amplia puede animar
muchos procesos en otros lugares.
Si la idea de Guanyem Barcelona no fue tuya, ¿de quién fue?
Pues
de varias personas. A mí me vino a buscar gente próxima de distintos
colectivos. Gente del movimiento vecinal, activistas de los derechos
sociales, de la universidad, gente que hablaba de que había que hacer
algo en Barcelona. Y me llamaron por el hecho de ser yo una cara visible
y una figura de consenso entre gente muy distinta. Yo siempre he dicho
que si puedo ayudar a procesos colectivos mucho más amplios estoy
dispuesta a poner la cara. Pero no para montar el grupo o el partido de
Ada Colau. Eso no me interesa y ya lo he demostrado. Porque ahora podría
ser diputada y cobrar un buen sueldo y hacer política interesante.
Viviría mucho más tranquila.
¿Tú abandonaste la PAH por Guanyem Barcelona o ya la habías abandonado cuando se creó esta última?
Yo
llevaba ya mucho tiempo pensando en dejar de ser portavoz de la PAH.
Porque una cosa es ser portavoz y otra cosa es convertirte en una figura
mediática. Llega un momento en el que el personaje se puede comer al
colectivo. Y pasaba que muchos medios buscaban a Ada Colau y no a la
plataforma. Si no se hablaba con Ada Colau ya no querían hacer la
entrevista. Y entonces eso pasa de ser una potencia a ser un peligro
para la organización.
¿Cómo va la recogida de firmas de Guanyem Barcelona?
Muy bien. Apenas ha pasado una semana y ya hemos recogido la mitad de las que nos habíamos propuesto…
¿Quince mil?
Sí,
casi quince mil de momento. Y como nos habíamos propuesto hasta el 15
de septiembre treinta mil, creemos que podemos ser optimistas. De hecho
ya nos lo imaginábamos. Pero claro, una cosa es lo que tú imaginas y
otra confirmarlo. Pero la validación de Guanyem Barcelona no se limita a
la recogida de firmas. En términos democráticos eso sería muy pobre.
Esta semana empezamos a movernos en el barrio del Clot y luego a dar
charlas en las barrios para ver qué opina la ciudadanía de Guanyem
Barcelona, si cree que hay que tirar adelante, si hay matices, si hay
que cambiar cosas…
ICV ya ha manifestado su intención de sumarse a la plataforma.
Nos
hemos encontrado con un problema. Como estamos acostumbrados a que hoy
la democracia sea únicamente formal y representativa, y a que la
participación se limite a los partidos políticos, rápidamente los
medios, muchas veces en titulares, por inercia y no por maldad, han
tendido a simplificar. «Guanyem Barcelona habla con estos partidos y se
propone hacer un pacto de partidos de izquierda». Pero esa no es la
idea. Guanyem Barcelona quiere romper con la idea de pactos entre
siglas, entre cúpulas. No queremos hacer listas negociadas en despachos.
Queremos hacer otra política. En el sistema político actual la
diversidad se traduce en fragmentación política, en competencia
electoral. Como hay un estado de necesidad, apelamos a la generosidad y
la responsabilidad de todos los actores. De esa ciudadanía que desconfía
de las instituciones. Razonablemente, visto lo visto. Pero también de
formaciones políticas que se dan cuenta de que este sistema ya no da más
de sí, que forma parte del problema y que hay que cambiarlo
radicalmente. Y esa es la confluencia que plantea Guanyem Barcelona.
Somos mucho más ambiciosos, queremos ir mucho más allá de los círculos
viciosos. Lo que queremos lo hemos planteado en un documento de mínimos
que está en nuestra web. En él se habla de la necesidad de un nuevo
contrato ético, de limitación de sueldos, de limitación de mandatos, de
cosas concretas, no de enunciados genéricos. Hacer auditorías de las
administraciones, ver cómo están organizadas, qué organismos públicos y
privados hay, cuánta gente trabaja en ellos, con qué sueldos… Habla de
revocación de mandatos, de rendición de cuentas, de transparencia real
de las instituciones, de participación en los presupuestos, de
descentralización del poder municipal en los barrios y los distritos
para que pueda haber más autogobierno ciudadano. Hay muchas ideas que no
son nuevas, que no nos las hemos inventado nosotros y que se están
aplicando en otros lugares. Así que bienvenidas sean formaciones como
ICV, que dice que se da cuenta de que el sistema no da más de sí y de
que tiene que juntarse con otra gente. Pero más allá de decirlo, lo que
tienen que hacer es demostrarlo. Y comprometerse con prácticas que hasta
ahora no han cumplido, como la limitación de sueldos o de mandatos. Ahí
es donde vamos a ver si hay voluntad real de confluir.
Y
eso, ¿cómo se concreta en la práctica? Si llegáis a un acuerdo, aunque a
ti no te guste esa palabra, ¿os presentaréis a las elecciones con el
nombre de Guanyem Barcelona?
Está
por ver. Hemos empezado un proceso y avanzamos preguntando, así que no
tendría sentido proponer algo completamente hecho y acabado. Hemos
salido con esta propuesta de mínimos y lo que haremos es contrastarla
con la gente de los barrios. En septiembre, una vez recogidas las
firmas, daremos el siguiente paso. Nos planteamos hacer unas jornadas de
debate público y transparente, que es algo que falta en la democracia
actual, donde se dan muchos pactos hechos y acabados sin que se haya
visto el proceso de debate. Por ejemplo qué quiere decir un nuevo
contrato ético. ¿Estaríamos dispuestos a limitar mandatos? ¿Cuántos?
¿Dos, tres? Cuando hablamos de sueldos, ¿cuánto es un sueldo mínimo
digno, cuánto es un sueldo máximo aceptable? Si el debate es público y
transparente, lo que salga de ahí va a ser robusto. Serán acuerdos
creíbles y un buen cimiento para formalizar la candidatura. Y a partir
de ahí, cuando ya se sepa quiénes quieren confluir, los actores tendrán
que ponerse de acuerdo en cómo se elabora un programa participativo.
Porque ahora tenemos un acuerdo de mínimos, pero luego deberá
desarrollarse todo un programa municipal de forma participativa y
abierta. Y luego, cómo se elaboran las listas. Que ahí hay un montón de
opciones.
¿Se supone que los partidos que se integren en la plataforma renunciarán a presentarse con sus siglas?
No
hay nada escrito. Es algo que iremos debatiendo durante el proceso.
Hemos hecho una interpelación abierta y hemos tenido de momento solo
contactos informativos. Hemos hablado con las CUP, con Podemos, con ICV…
ERC no tenía por qué darse por excluida pero ha decidido pactar con el
régimen. Y ha pactado con CiU, lo que los autoexcluye. También hemos
hablado con Procés Constituent, con la gente de Red ciudadana Partido X…
A todos ellos les hemos informado del proceso. Lo que hacemos ahora es
invitarles a que vengan a las charlas en los barrios y a las jornadas
que haremos en septiembre, y a partir de ahí iremos viendo de qué manera
se puede concretar eso.
Pero
tú vas a participar en el debate y es obvio que ese tema, el de las
siglas, va a ponerse sobre la mesa. ¿Qué votarás cuando llegue el
momento?
No creo que se plantee en términos de votos.
Te lo pregunto más directamente. ¿Qué crees que deberían hacer esos partidos?
Es
que hay una parte de ese debate que todavía no se ha hecho. Hay una
parte de incertidumbre. Yo no conozco todas las formas posibles de hacer
listas y coaliciones. Habrá que hacer talleres informativos con
especialistas y politólogos. Gente que sabe mucho más que yo de temas
electorales. Habrá que ver cuáles son las opciones, que pueden ir desde
una agrupación de electores a no sé qué otras formas de integración de
candidaturas distintas. Lo que sí me imagino dentro de esa incertidumbre
general es que, evidentemente, ningún partido ya existente puede pensar
en mantener las siglas. Porque entonces no sería una confluencia real.
Nosotros no queremos crear una marca nueva ni un partido nuevo y nos
parece muy rico que haya diferencias y que cada partido que confluya
mantenga su identidad como tal. Pero lo que queremos hacer ahora es una
candidatura, no un partido. No es el imperio Guanyem Barcelona. Y eso
deberá hacerse de forma que nadie prime sobre los otros y todos puedan
sentirse cómodos. Es evidente que si se mantienen unas siglas y no otras
eso va a ser fuente de discrepancias. Y por lo tanto es más imaginable
que se vaya bajo un paraguas común, que sería el nombre de la
candidatura. Y ese nombre puede ser Guanyem Barcelona, pero si se decide
cambiarle el nombre se le cambia, que lo importante no es el nombre.
Igual se encuentra otro mejor. Pero sí que imagino que no será el nombre
de ninguno de los partidos existentes.
¿Y
no crees que es previsible que esos partidos quieran hacer valer los
votos y los concejales conseguidos en anteriores elecciones por encima
de movimientos sociales que nunca se han presentado a unas elecciones y
de los que, por tanto, se desconoce su representatividad real?
Claro.
Desde el máximo respeto a las formaciones ya existentes que con gran
esfuerzo han conseguido unos resultados, estamos pidiendo mucha
generosidad y valentía. Porque nos parece una condición necesaria. Para
que surjan cosas nuevas hay que arriesgar y hacer cosas diferentes. Si
hacemos lo de siempre no vamos a conseguir nada diferente. Es cierto,
hay que arriesgar. Pero todo el mundo arriesga. También la gente que no
ha querido formar parte de la política institucional arriesga dando ese
paso. Formaciones como ICV ya tienen representación. Pero si son
coherentes con lo que dicen y se dan cuenta de que si van solos no van a
ir más allá, y no se van a producir grandes cambios, y que por tanto
hay que ir con más gente, y esa gente está diciendo «bueno, es que no
vamos a ir a tu partido, hay que ir a otras formas de participación»…
pues ahí tienen una elección. Si apuestas por nuevas formas de
participación política, es el momento de demostrarlo. Evidentemente, con
grandes dosis de generosidad y valentía. A nadie se le escapa. Pero
también es mucho lo que está por ganar.
Supongamos
que llegáis a un acuerdo de mínimos. ¿Qué pasa con los máximos? Con el
independentismo de las CUP, por ejemplo, en contraste con la posición de
ICV, que apoya la consulta pero sin mojarse oficialmente por el sí o el
no.
Pues
ya se irá viendo. Pero por ejemplo en el tema del derecho a decidir la
posición de Guanyem Barcelona está clara. El mínimo común es el derecho a
decidir, que en términos democráticos me parece incuestionable. No ha
habido siquiera debate sobre eso. Pero desde Guanyem Barcelona decimos
que la consulta no debería ser la excepción, sino la regla, y que en
todas las cuestiones debería ser normal consultar a la ciudadanía. En
Guanyem Barcelona se hará todo lo posible para que se produzca la
consulta el 9 de noviembre, pero también para que haya muchas otras
consultas. De hecho, cuestionamos que el Gobierno de la Generalitat y
CiU crean realmente en el derecho a decidir. Ahora lo están utilizando
para ocultar otros debates. Para que no se cuestione la política de
recortes o la privatización de servicios básicos como la sanidad o el
agua, por ejemplo. Nosotros creemos en el derecho a decidir pero también
en el derecho a decidir sobre el modelo de sanidad pública, sobre la
privatización del agua, etcétera… Dentro de Guanyem Barcelona hay gente
abiertamente independentista, otra que no, otra que es federalista, otra
a la que no le interesa el tema porque lo considera secundario. Pero el
mínimo común es democracia. Que la gente pueda votar, que sea normal
votar. Y luego, en la consulta, que cada cual se posicione. Si hubiera
formaciones políticas con ideas diferentes, siempre que coincidan en el
mínimo común, no habría ningún problema en que se posicionaran de
acuerdo a sus convicciones.
¿Te gustaría ser candidata a la alcaldía?
Si
me preguntas si me gustaría ser candidata en general, te digo que no.
Yo vengo del activismo social y mi idea no era ser candidata ni me
apetece. Pero por otro lado sí me apetece ayudar a un proceso de
regeneración democrática. Eso me hace ilusión. Así que si puede ser útil
ser la cara visible de un proceso amplio y eso se transforma en ser
candidata, eso me hace ilusión. Pero en términos de cargos no me hace
ilusión. Y, además, creo que hay que revisar esa idea de la política que
lo resume todo en el candidato o la candidata. Yo aspiro a que seamos
capaces de hacer procesos más amplios y mucho más ricos, donde mucha más
gente pueda ser protagonista. Y que el candidato a la alcaldía no sea
tan determinante porque haya una pluralidad de voces.
Eso
es la teoría, pero en el cartel va a salir una cara, que será la tuya. Y
si eres alcaldesa algún día, la que se reunirá con el alcalde de París
también serás tú.
Si
llega eso, que aún han de pasar muchas cosas por en medio, no tendré
problema. Igual que no he tenido problema en ser portavoz de
movimientos. No le tengo miedo. Pero creo que se ha de experimentar
todavía mucho. Y hacer la política institucional de otra manera. Una
cosa es que haya caras visibles porque no todo el mundo puede hacer las
mismas funciones al mismo tiempo. Unos podemos ser más visibles porque
tenemos facilidad de palabra o porque somos figuras de consenso o por lo
que sea. Pero una cosa es eso y otra que se reduzca la acción política a
tu persona. Eso es un gravísimo error. Una democracia real tiene que
saber valorar los múltiples liderazgos que ya existen en la sociedad. No
tiene sentido esperar que Ada Colau lo sepa todo de política de
vivienda, de políticas energéticas, de política de agua… Eso sería
absurdo. Hay gente buenísima que lleva años trabajando en esos temas,
así que lo lógico es que se reconozcan los liderazgos que ya están
presentes en la sociedad. Entiendo que en una sociedad mediática que
reduce la política al electoralismo se den esos fenómenos de
sobredimensionamiento de las caras visibles. Pero como sociedad no nos
hemos de resignar a eso.
¿Estás
diciendo que si eres elegida alcaldesa de Barcelona renunciarás a las
potestades del cargo en favor de los procesos de decisión colectiva?
¿Que no ejercerás el poder?
No.
Me parecería un gravísimo error. Eso sería traicionar el proyecto. No
tengo miedo de ejercer funciones de visibilidad o de responsabilidad.
Pero haría todo lo posible por cambiar esas formas de hacer política que
tienden a la concentración de poder en unas pocas personas. De hecho,
la concentración de poder en los alcaldes es uno de los núcleos de la
burbuja inmobiliaria y de la corrupción urbanística en España. Y mira
cómo hemos acabado. Hay corrupción en prácticamente todos los
ayuntamientos del país. Así que esa concentración es parte del problema,
no de la solución.
Y si esa solución es tan obvia, ¿por qué no se aplica masivamente en el resto del mundo?
Estás
yendo a otro tema. Esta entrevista es larga pero normalmente los
tiempos son muy cortos y en los medios se tiende a simplificar y a
generar imágenes maniqueas. Hay por un lado un poder representativo y
vertical donde unos pocos mandan y deciden, lo que puede ser menos
democrático, pero que te venden como más ágil y eficaz. Y luego están
los movimientos sociales, asamblearios, caóticos, que pierden horas y
horas discutiendo y que pueden ser más simpáticos pero son menos
eficaces. Pero evidentemente hay otras formas de funcionar que no pasan
por ese maniqueísmo entre un extremo y el otro. Quienes defendemos una
forma de ejercer el poder más distribuida y descentralizada optamos por
formas de política horizontales. Eso no quiere decir estar de asamblea
permanente y que todo el mundo tenga que discutir de todas las cosas
todo el rato. Eso sería infantil y estúpido. Está claro que se pueden
delegar funciones, que puede haber formas de representación, comisiones o
grupos de trabajo. Eso también es distribuir. Entre que mande uno solo o
que haya asambleas permanentes hay vías intermedias bastante
razonables. Por poner un ejemplo concreto: ahora, en Barcelona, todo el
poder está concentrado en el Ayuntamiento y en la figura de la alcaldía.
Pero hay demandas históricas muy razonables del movimiento vecinal,
como la de descentralizar el poder en los distritos y que haya
elecciones directas de los concejales de esos distritos. Eso ya sucede
en otros países europeos, no estamos proponiendo ninguna cosa extraña.
Eso es hacer que, para los temas de barrio, el barrio tenga la primera
palabra. Evidentemente hay cuestiones más amplias, de ciudad, y para eso
tiene sentido que esté el Ayuntamiento. ¿Pero por qué se tiene que
decidir desde el Ayuntamiento la intervención urbanística que se hace
ahora en el Paralelo, que es una intervención muy agresiva orientada al
turismo de masas, sin contar con la opinión de los vecinos del Paralelo?
Pues no. Entre el extremo de las asambleas y el del alcalde que decide
arruinar un barrio a favor del turismo de masas existen figuras
intermedias. Y eso ya está funcionando en muchos sitios, tampoco se
trata de inventar la rueda.
Supongamos
que planteáis una consulta popular por el tema del Paralelo que acabas
de mencionar y vota únicamente el 15% de los vecinos.
No
sería una sorpresa. Ha habido consultas puntuales y ha costado que
hubiera una alta participación. Yo creo que eso es significativo de la
cultura que se ha creado. Claro, la gente no participa de repente.
Llevamos décadas así. Primero con una dictadura y luego con una
Transición que ha dado todo el poder a los partidos políticos y que no
ha generado otras formas de participación política. Porque en nuestra
Constitución están los partidos como forma prioritaria de participación
política y luego las iniciativas legislativas populares, que son una
tomadura de pelo como ya hemos podido comprobar en muchas ocasiones. Te
ponen una multitud de obstáculos, recoges más firmas que en otros muchos
países y encima cuando llega esa iniciativa ni siquiera están obligados
a discutirla. Esa es la participación política de nuestro diseño
institucional, a grandes rasgos. Y si tienes a varias generaciones
educadas en esa cultura de pobreza democrática, eso no cambia de
repente. Se cambia con tiempo. Has de generar las condiciones y generar
nuevas prácticas para que se vea que eso puede funcionar de otra manera.
Así que seguramente ha de haber varias consultas fallidas o con baja
participación para que luego cada vez haya más gente que le vea sentido a
participar y para que se vea que de esa consulta han salido resultados
vinculantes que han cambiado su barrio o su modelo de ciudad. Que la
gente vea que esa participación es efectiva y que no es maquillaje puro.
Porque ese es otro problema. Muchas consultas se han hecho por
hacerlas, pero luego no han sido vinculantes. Si la gente participa pero
luego no es decisiva se pierde el incentivo para participar. Una
cultura de la no participación no se invierte en dos días.
El diario El País
hablaba hace poco de dos formas de legitimidad democrática distintas:
la que nace de los movimientos sociales y la que nace de las urnas.
¿Crees que son legitimidades equivalentes?
No,
equivalentes claramente no. Responden a naturalezas distintas. En una
democracia saludable las dos deberían ser relevantes. El problema es que
hasta ahora solo han contado las elecciones. Unas elecciones, además,
hechas de una manera y con unas reglas que benefician siempre a los
mismos. Con una ley electoral hecha a medida. De hecho, ahora que puede
haber sorpresas en las municipales ya ha salido el Gobierno de Rajoy
diciendo que hay que cambiar el sistema para que sea la lista más
votada la que decida el alcalde. Bueno, por ahí se ve cómo funciona la
democracia representativa. ¿Que tiene una cierta legitimidad? Por
supuesto. Pero que es insuficiente, también. Una democracia saludable
necesita una sociedad permanentemente organizada. Y eso no se ha dado
nunca en este país por diferentes motivos. No ha sido algo casual e
inocente. Y si no tienes eso, el poder, por definición, tiende a abusar
del poder. Eso ha sido así a lo largo de la historia de la humanidad.
Quien tiene privilegios no renuncia a ellos angelicalmente o por
iluminación. Lo hace porque hay un contrapoder que le obliga a repartir
la riqueza. Lo que es un error es reducir la democracia a unas
elecciones. Eso es un error y a la vista está.
¿Crees que el PSC acabará desapareciendo?
Tiene todos los números, desde luego. Se lo ha ganado a pulso.
¿Te alegrarías si llegara a pasar eso?
Sí.
Es un partido del régimen. No el único, también están CiU y el PP. Son
partidos corruptos y clientelares. Y como parte del problema, no pueden
ser parte de la solución. Me sabe mal por mucha gente militante de base
que ha creído. Mis padres votaron mucho tiempo socialista. Ha habido
mucha gente que lo ha pasado muy mal cuando el partido socialista ha
hecho políticas de derecha. Y, además, son grandes responsables de la
modernidad líquida en la política. Que no haya certezas, que no haya
valores. Si quienes se supone que han de defender la justicia social
abrazan las políticas neoliberales, entonces se convierten en
responsables de que no haya referentes políticos y de que la gente crea
que todos los políticos son iguales. Es importante que toda la gente
buena que ha creído en ese proyecto encuentre rápidamente otros
proyectos en los que implicarse. Lo mejor que puede hacer el PSOE como
estructura es desaparecer.
¿Qué diferencia a la nueva izquierda de la vieja? Ellos también empezaron cargados de ilusión y buenas intenciones.
Bueno,
ese proceso de decadencia se explica por muchas cosas de las que ya
hemos hablado antes: el fin de la historia, la caída del Muro… Cuando
ellos tuvieron que posicionarse frente al poder económico no lo hicieron
y ahí empezó el principio del fin.
¿Y por qué crees que a ti no te va a pasar eso?
Nadie
está libre de duda. Lo que hay que hacer es aprender del pasado y
mejorar nuestra democracia. No se trata de trasladar la confianza de
unas siglas a otras, eso sería una visión errónea y vieja. Lo que hay
que hacer es cambiar las reglas del proyecto para que pueda haber un
control democrático permanente.
A
ti se te ha acusado, entre otras muchas cosas, de apoyar a grupos
proetarras y de formar parte del caldo de cultivo que ha conducido, por
ejemplo, al asesinato de políticos como Isabel Carrasco…
Madre mía.
Esto último se publicó en El Mundo.
Sostres, sí, menudo bárbaro. He denunciado a Cifuentes,
que fue la primera que me calificó de simpatizante etarra. Los jueces
han admitido la demanda. Y aunque ha habido un montón de periodistas de
la caverna que han dicho barbaridades, y creo que debería haber algún
tipo de control para que no fuera posible esa difamación constante, creo
que es mucho más grave que eso lo haga un responsable político. Como
Cifuentes, que no es una ciudadana cualquiera que expresa una opinión
porque sí. Es una delegada del Gobierno, con responsabilidades
políticas, y sabe que lo que está diciendo es mentira. Y eso tiene
consecuencias penales. Si tú señalas a alguien como simpatizante del
terrorismo, que es un tema que hiere a mucha gente en este país porque
hay heridas todavía abiertas, sabes que puede haber gente descontrolada.
Como me pasó a mí después de que me señalara Cifuentes. Hubo gente que
me amenazó. Horas después ya estaba recibiendo amenazas de muerte. ¿Cómo
puede ser un responsable político tan irresponsable como para banalizar
el terrorismo? De hecho, hubo asociaciones contra el terrorismo que
pidieron la dimisión de Cifuentes porque se sentían insultadas. El PP ha
llegado al esperpento. Todo es ETA. El aborto es ETA, la Colau es ETA,
tú eres ETA. Y eso en términos democráticos es grave. Ha habido
ministras alemanas que han dimitido solo porque mintieron en su
currículum respecto a un trabajo de doctorado. Y en este país no dimite
ni dios después de cosas tan graves como estas. Quieren asustarte,
quieren criminalizarte, quieren que te pongas a la defensiva y te
justifiques todo el rato por cosas absurdas. ¡Que demuestren ellos que
yo tengo algo que ver con ETA!
Tú
llamaste «criminal» a Javier Rodríguez Pellitero, vicesecretario
general de la Asociación Española de la Banca, en el Congreso de los
Diputados. Incluso dijiste que te habría gustado lanzarle tu zapato. ¿Te
arrepientes de eso?
¡Nooo! No me arrepiento nada.
¿Y eso no es contradictorio con lo que me acabas de decir?
No. ¿Por qué?
¿Cuál es la diferencia?
Yo
lo que hago es visibilizar una violencia que está invisibilizada.
Pellitero es uno de los responsables. Y digo «uno» porque no es el
único, pero para ser precisa debería haber dicho «este señor es un
criminal junto a sus otros compañeros criminales de la banca». Es una
responsabilidad compartida. Pero mantengo la acusación de criminales
para los directivos de banca. Es una descripción. No es violencia. Es la
descripción de un aparato que se comporta como la mafia, como una
organización criminal organizada. Pero a diferencia de otras mafias,
esta está incrustada en el poder. Están destrozando la vida de miles de
personas. Cuando dije que le habría tirado un zapato pero que no lo hice
porque era más importante decir lo que tenía que decir, y eso es
apostar por la democracia en vez de por tirar zapatos, visibilizo la
violencia que él acaba de invisibilizar. Encima de que han arruinado la
economía del país, de que han arruinado a miles de personas con deudas a
perpetuidad, con desahucios injustos… Además de todas esas
barbaridades, tuvo las santas narices de ir al Congreso a decir que era
todo mentira, que los bancos no desahuciaban. Por eso me puse como me
puse. Yo iba allí muy tranquila a explicar lo que siempre explico de la
plataforma. Pero me encuentro con un infame que rehúye sus
responsabilidades, que va tranquilo y sobrado, convencido de que nadie
le va a decir nada, y que tiene la poca vergüenza de decir barbaridades,
como que tenemos un sistema hipotecario, dijo literalmente, «ejemplar».
Cuando somos el país que más desahucia con diferencia. Lo mínimo era
llamarlo criminal. Podría haberle dicho mucho más.
¿Te sientes responsable de la demonización de los políticos?
Eso
dicen de los movimientos sociales. «Ah, es que vosotros estáis
promoviendo la demagogia, metéis a todos los políticos en el mismo saco y
eso es muy peligroso porque desautorizáis las instituciones, erosionáis
la democracia». Y eso es una trampa. Si hay tantos ciudadanos
denunciando a los políticos es porque ha habido una práctica
institucional sistemática que se ha desautorizado a sí misma. Tenemos
unas instituciones que se están saltando sus propias reglas. No las que
nosotros creemos que deberían tener, ¡las suyas propias! La corrupción
es el máximo ejemplo. Son ellos los que han minado la democracia y
deslegitimado las instituciones. Nosotros decimos «hay que recuperar la
dignidad, hay que legitimar las instituciones». Es tramposo acusar de
los males de la democracia a quien está denunciando precisamente la mala
praxis democrática.
¿Disolverías la unidad antidisturbios de la Guardia Urbana si llegaras a la alcaldía de Barcelona?
Pues
sí. De hecho, hay muy pocos ayuntamientos que tengan antidisturbios. No
es normal. Además es un cuerpo lleno de denuncias de malas prácticas y
denunciado también por varias organizaciones de defensa de los derechos
humanos. Hay que apostar claramente por otros modelos de seguridad. Y el
municipio lo permite. Permite por ejemplo buscar figuras de proximidad.
Como el policía local, que trabaja en proyectos de seguridad
comunitarios. La seguridad pasa por el respeto de los derechos sociales.
Cuando eso pasa, baja el nivel de delincuencia y de conflictividad. Y
también hay conflictos del día a día que necesitan de algún tipo de
gestión, pero creo que hay que buscar modelos basados en la mediación y
en la proximidad. Modelos que han sido implantados en muchos otros
países con gran éxito. El modelo más duro y más represivo, que es el de
los antidisturbios, es un mal ejemplo y hay que acabar con él.
¿Cómo castigarías la corrupción política?
De
forma tajante. En España una persona humilde, trabajadora, con toda su
buena voluntad, que no delinque, que por culpa de una crisis que no es
su responsabilidad pierde su casa y su trabajo, se queda con una deuda
de por vida que encima aumenta y que el Estado no le perdona,
condenándole a la exclusión de por vida. Y por otro lado los delitos
económicos salen gratis en este país. No hay casi ningún corrupto que
haya pisado la prisión. Y a mí la prisión no me parece la mejor de las
soluciones. Hay que evitar que se produzcan determinados delitos, pero
lo que no puede ser es que quien atenta contra el interés general, quien
abusa de su situación de privilegio, sea el único que nunca pague. Los
delitos económicos prescriben a los cuatro o cinco años. Las deudas de
las familias no prescriben jamás. Las multas a los ciudadanos tampoco.
Los impuestos no se perdonan jamás. El ciudadano de a pie que roba para
dar de comer a sus hijos tiene muchos números para acabar en la cárcel,
mientras quien atenta contra el interés general se sale de rositas. Ahí
hay una desigualdad del sistema brutal.
¿Cuál es tu postura respecto a la libertad de horarios comerciales?
Se
tiene que gestionar pensando siempre en el interés de los barrios, de
los vecinos y del pequeño comercio. El debate de los horarios
comerciales se plantea pensando en los intereses de los grandes centros
comerciales, de las grandes franquicias. En nombre del turismo y del
interés general se adoptan medidas que solo benefician a quien tiene
capacidad para adaptarse a ellas a gran escala. Y al pequeño comerciante
que depende de su trabajo esas medidas le perjudican.
¿Y respecto a los alquileres de pisos turísticos por parte de particulares?
Ya se hizo una regulación con la anterior concejala, Itziar González,
que por fin escuchó a los vecinos e hizo un plan de usos en Ciutat
Vella. Porque había un descontrol absoluto. Y, de hecho, hay una trama
de corrupción vinculada a ese tema. Esta concejala, que fue la única que
se enfrentó a estas tramas vinculadas a los apartamentos turísticos y
al Palau de la Música, tuvo que dimitir por las amenazas de muerte y las
presiones que recibió.
No hablo de mafias, hablo de ciudadanos particulares que alquilan su piso por días.
Tiene
que haber una regulación igual para todos. Y se tiene que pensar en el
interés de todos. Si eres propietario, puedes alquilar tu piso. Tienes
derecho. Ahora bien, eso tiene que estar regulado. Se tiene que pensar
en los intereses de todos y no solo del propietario que puede alquilar.
Uno de los problemas principales que denuncian las escaleras de vecinos
en Ciutat Vella es que los apartamentos turísticos generan muchas
molestias. Quien pasa puntualmente por allí no piensa en las
consecuencias y genera auténticas situaciones de maltrato. El volumen de
apartamentos turísticos en el centro de Barcelona es uno de los
principales motivos de la expulsión de vecinos, de la subida de precios
de la vivienda. ¿Verdad que no puedes quemar tu vivienda? Los derechos
tienen límites. En el caso de la propiedad, ese límite es su función
social. Y también colisiona con otros derechos, como el derecho a la
salud del resto de los vecinos. Si los derechos individuales fueran
absolutos, ¿para qué hacen falta administraciones? Pues que se
autorregule todo el mundo y ya está.
¿Qué te ha parecido la actuación del ayuntamiento en Can Vies?
Un
desastre total. Como política pública, un desastre. Lo que no era un
problema se ha convertido en un conflicto. Can Vies era un activo de la
ciudad y en concreto del barrio de Sants. Y eso lo demuestra su arraigo
de años, las miles de actividades culturales y vecinales que se han
hecho allí, el grandísimo apoyo del tejido del barrio… Pero cuando hay
un Ayuntamiento gobernado por unas élites alejadas de los barrios…
Cualquiera que conociera el barrio de Sants sabía que esa decisión tan
agresiva de desalojar y derruir una realidad de diecisiete años era una
declaración de guerra que provocaría desastres. Si lo hicieron sin
saberlo demuestran un desconocimiento absoluto del barrio de Sants. Y,
en cualquier caso, no les importan las formas de autoorganización y de
cultura popular, que es una de las grandes riquezas de Barcelona. Hoy en
Barcelona hay cada vez más centros sociales, culturales y vecinales que
se gestionan comunitariamente y que funcionan mil veces mejor en
términos de eficacia y de gestión que cualquier centro externalizado.
Eso es una demostración práctica de que hay dos modelos de ciudad.
Y al propietario de la casa ocupada, ¿qué le dirías si eres alcaldesa?
Es
muy diferente si estamos hablando de un propietario particular. En el
caso de Can Vies el propietario es Transports Metropolitans de
Barcelona, lo que convierte el desalojo en algo aún más miope y obtuso.
En el caso de pequeños propietarios hay que ver realidad a realidad de
qué estamos hablando. Las mejores intervenciones en estos casos son las
que se basan en la mediación. Hay que ver cuál es la realidad de ese
inmueble. ¿Había estado abandonado y el propietario he hecho dejación de
sus funciones y por lo tanto tiene una responsabilidad? Quizá la gente
que ha entrado ha hecho todo un proceso de rehabilitación que merece ser
reconocido. O no: igual el propietario estaba haciendo un uso legítimo y
ha habido un acto de violencia. Es que depende. Y dependiendo de eso,
merecerá una u otra respuesta de mediación. A lo mejor no tienen por qué
desaparecer el uno o el otro. Se puede buscar realojar a las personas
que han ocupado. Depende de la situación.
No pretenderás gobernar una ciudad de un millón y medio de habitantes caso a caso…
Hay
ejemplos maravillosos de gestión comunitaria y de mediación. Si hay
descentralización en los barrios, haces que el entramado institucional,
junto con el social y el vecinal, busque la mejor respuesta. Porque son
ellos los que conocen la realidad local. Los servicios sociales saben lo
que está en juego, si esa familia tiene realojo posible o no…
Pero eso puede conducir al caciquismo de barrio.
Tiene que haber un control democrático. No es darle poder a una gente en concreto. Tiene que ser una cuestión de procesos.
¿Estás a favor de una renta mínima universal?
Sí.
Estoy a favor en términos de políticas de derechos. Porque creo que la
existencia y la dignidad humana son mínimos no negociables, y eso pasa
hoy por garantizar unos ingresos mínimos. Es una forma de redistribuir. Y
de pasar de una política asistencial que ve la pobreza como un tema de
caridad a una política de derechos. Hay que hacer política de derechos,
no política asistencialista. Y creo que es viable económicamente. Hay
muchas pequeñas ayudas muy mal administradas. Para la gente que las
necesita es una odisea kafkiana acceder a ellas. Se criminaliza al pobre
desde la Administración, se ponen trabas burocráticas para acceder a
ellas y son ayudas parciales: que si para el comedor, que si para la
vivienda, que si para mujer separada con niños… Muchas de esas ayudas se
podrían concentrar en esta renta mínima y eso sería mucho más eficaz en
términos económicos y de gestión.
¿Y del salario máximo?
Totalmente
a favor. El capitalismo nos ha hecho creer que la riqueza es un
fenómeno privado. Que depende de méritos privados que unos se hagan más
ricos que otros. Y no es verdad. Más allá de que unos tengan unas
capacidades y otros otras, la riqueza se genera siempre a partir de
bienes comunes. El suelo, el agua, el aire, la comida… Todo eso son
bienes comunes que deberían tener una gestión mínima común. Con los
bienes de primera necesidad no se debería poder especular. Otra cosa es
que luego tú te montes un negocio de yates, de Rolex, o de lo que sea.
Pero hay que poner límites. Uno es la fiscalidad, que ahora penaliza al
trabajador en vez de al especulador. Y, además de eso, ¿por qué no va a
haber un sueldo máximo si hay un sueldo mínimo?
¿Cuál sería tu primera decisión si llegaras a la alcaldía?
No sería mía.
Cuál te gustaría que fuera, entonces.
La
sanción a los pisos vacíos propiedad de bancos sería de las primeras. O
dejar de trabajar con bancos que están desahuciando. Reorientar las
finanzas hacia las finanzas éticas. La descentralización. Y medidas de
participación efectiva para la ciudadanía. Comprometerme a consultas
ciudadanas de resultado vinculante a partir de la recogida de firmas.
Tu
imagen como icono de la izquierda alternativa es ahora inmaculada.
¿Temes que eso cambie en cuanto tengas que tomar decisiones reales que
afecten a aquellos que ahora te consideran un referente?
Como
no voy a hacer nada individualmente y sé que me voy a encontrar
límites, pensar lo contrario sería ingenuidad. Evidentemente, va a haber
dificultades. Pero si eso se hace de forma colectiva y transparente, la
gente va a participar de ese proceso y va a entender que si hay un
límite habrá que buscar soluciones. Aparte de eso, entiendo tu pregunta
en el sentido de que cualquiera que se meta ahora en política
institucional se arriesga a la desconfianza y a la fiscalización
permanente, a que no se te perdone ni un error. Pero sé por qué lo hago.
Tengo miles de cuestiones pendientes, de novelas por leer, he trabajado
en temas de comunicación y me encanta, he trabajado de traductora y de
intérprete y me encanta, tengo un hijo de tres años al que le quiero
dedicar más tiempo. No me va la vida en esto. Sé que me arriesgo y que
nos equivocaremos y que nos vamos a enfrentar a intereses económicos.
Que esto a Itziar González le costó amenazas de muerte. Pero como creo
que el proceso colectivo y el objetivo de fondo, que es hacer una
revolución democrática, vale la pena, también creo que hay intentarlo.
¿Qué
le responderías a alguien que te dijera que ese recurso habitual tuyo a
las «decisiones colectivas» es una manera de eludir posibles
responsabilidades personales?
Pero cuando me has preguntado qué haría yo, te lo he dicho. ¿No?
Sí, has respondido a todas las preguntas.
Mi
opinión te la he dado. Pero es importante recordar que la política que
queremos hacer no depende de personajes individuales. Venimos de una
inercia personalista muy fuerte, pero yo no rehúyo opinar. He demostrado
que opino con soltura y no me muerdo la lengua.
Acabo.
Llegas a la alcaldía y las juventudes del PP organizan un escrache
frente a tu casa. La cosa se calienta y llamas a los antidisturbios.
Pero no responde nadie porque los has disuelto. ¿Qué haces?
Bueno,
hay otras figuras policiales para según qué tipo de disturbios. Como
los Mossos d’Esquadra. Pero has mezclado muchas cosas. A mí no es tan
necesario hacerme un escrache porque cojo el transporte público cada
día. Hago actos públicos. Es muy fácil hablar conmigo. A diferencia de
los dirigentes del PP, que viven bunkerizados. Por eso nos vimos
obligados a hacerles escrache: porque no había manera de contactar con
ellos. Es una diferencia importante. Si llego a ocupar algún cargo
público, quien quiera hablar conmigo podrá hacerlo. Y por eso no será
necesario hacerme un escrache. Pero si alguien quisiera hacerme un
escrache… Un escrache es señalar e interpelar. Es importante no
mezclarlo con la violencia. Si es violento no es un escrache. Yo saldría
de mi casa y hablaría de lo que tuviéramos que hablar. No tendría
miedo. Y si hubiera un ataque violento, que eso ya no es un escrache,
intentaría defenderme como pudiera. Sobre todo si tengo cerca a alguna
persona a la que quiero.
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