MUESTRA HISTÓRICA SOBRE SUS OBRAS TARDÍAS
La National Gallery se rinde a los autorretratos del Rembrandt arruinado
En la era obsesiva del ‘selfie’ no vendría mal recordar que éste no se trata del descubrimiento de la pólvora, aunque el mundo entero haya optado por venerarlo tras adoptar una nueva expresión inglesa para definir lo que hasta la invención del teléfono con cámara se llamaba autorretrato. Algunos de los más grandes artistas de la historia fueron verdaderos maestros del género, regalándonos con sus ‘selfies’ no sólo su talento si no una mirada íntima hacia sus miedos, sus frustraciones, sus fantasmas.
Es inevitable pensar en todo ello al entrar en Rembrandt: Obra tardía, la extraordinaria exposición que hoy se inaugura en la National Gallery de Londres y cuya primera sala está dedicada precisamente a cinco de los ochenta autorretratos que Rembrandt pintó a lo largo de su vida.
Realizados a lo largo de un periodo de apenas diez años, las cinco obras arrojan imágenes muy diferentes de un hombre que en el primero de los cuadros, Autorretrato (1659), aún era uno de los artistas más cotizados y venerados de Holanda (aunque ya había comenzado a arruinarse) y quien apenas diez años después, en el Autorretrato (1669) (el mismo año de su muerte), nos sugiere que aquel pintor de antaño mirada ambiciosa y pizpireta estaba ahora lleno de dolor y quien sabe, también de rencor por la incomprensión que generaron sus obras tardías y las consecuencias que eso tuvo en su vida.
El rechazo del que fue víctima durante la última década de su existencia, tanto por sus atrevimientos artísticos como por vivir ‘en pecado’ junto a su ama de llaves, unido a la ruina económica en la que cayó por su afición a gastar por encima de sus posibilidades, le llevaron a morir prácticamente en la pobreza.
Experimentación pictórica
La exposición recorre las últimas dos décadas de vida de uno de los maestros de la luz del siglo XVII, entregado en la última parte de su vida a la experimentación pictórica con la avidez que a menudo se les atribuye, erróneamente, a los jóvenes (que suelen experimentar más bien por falta de conocimientos que por exceso de ellos). Su versatilidad se despliega en las 91 obras que han sido seleccionadas para una exposición que no sólo ha traído hasta Londres algunos de los mejores óleos del pintor sino también dibujos y grabados de trazo audaz y endiabladamente expresivo.
Es en obras pequeñas como los dibujos eróticos de la sala que agrupa trabajos bajo el epígrafe Intimidad donde uno entiende que aquel artista evolucionó más rápido que su propio tiempo y por eso cuando se atrevió a expresarse abiertamente en cuadros como La conspiración de los bátavos bajo Claudio Civilis (1661-62) la burguesía que le aclamaba le rechazó.
Ese cuadro magnífico, encargado por los burgomaestres de Ámsterdam para decorar su ayuntamiento, originalmente tenía 5.5 metros de ancho y 5.5 de largo. Tras terminarlo y entregarlo, apenas permaneció expuesto un mes: era demasiado moderno para la época, no gustó a quienes se lo encargaron.
El ojo vacío del tuerto Claudio Civilis, líder de los bátavos que se rebelaron contra los romanos, iluminado por ese río dorado que parece incendiar la mesa en la que están reunidos los conspiradores no fue bien recibido. Para Rembrandt aquel rechazo fue uno de los momentos más dolorosos de su carrera profesional, aunque ahora, 350 años más tarde, aplaudamos esta obra como una de las más geniales de su producción. No obstante nunca podremos disfrutarla en todo su esplendor: el propio artista la cortó y lo que ha llegado hasta nosotros sólo tiene 2x3 metros.
En la muestra hay otros óleos excepcionales como La novia judía o Los síndicos de los pañeros de Ámsterdam, donde nuevamente la combinación de luces y sombras demuestra como un retrato tradicional podía transformarse en una obra adelantada a su tiempo en cuanto Rembrandt tomaba el pincel.
El adiós del maestro
Es particularmente llamativa la que se considera su última pintura, con la que se cierra la muestra: Simeón con el niño Jesús en el Templo. Está datada en 1669, el mismo año en que nacía el único nieto de Rembrandt y aunque está inacabada, los expertos han visto en ella precisamente un retrato simbólico del artista, frágil y envejecido, con su nieto entre las manos.
El pintor moría sin terminar la obra en octubre de 1669, hace exactamente 345 años. Su vida no había sido fácil: conoció las mieles del éxito al principio de su carrera pero fue incapaz de hacer frente a los gastos generados por una hipoteca demasiado alta por una casa demasiado cara. Tuvo que deshacerse de una espléndida colección de arte, amasada durante su juventud y llegó incluso a tener que vender la tumba de su primera esposa, Saskia, para salir adelante. Vio morir a sus cuatro hijos y cuando le llegó su hora en su lápida ni siquiera escribieron su nombre: no había dinero para ello. Hoy la entrada a esta exposición cuesta 22 euros. Injusticias de la historia.
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