Y no solo ,por ser uno de los Marqueses de Bildeberg.
Matías Rodríguez, Vicepresidente de Santander
Aprendamos lo importante de gestionar bien el riesgo
Lecciones de la crisis
Es conocido, y hay sobre ello amplia experiencia histórica, que etapas de bonanza intensa y prolongada dislocan la percepción del riesgo, lo que conduce a niveles excesivos de gasto y endeudamiento de empresas y familias, y a crecimientos insostenibles del crédito. Todo ello desemboca, con alguna frecuencia, en crisis financieras de diferente magnitud. En la actual crisis, tras dos años de turbulencias financieras, y con las primeras luces ya apareciendo al final del túnel, se pueden extraer algunas lecciones importantes.
La primera lección se refiere a las reglas del juego. Un funcionamiento eficiente del sistema financiero requiere de una regulación y supervisión adecuada. El Banco de España se ha convertido en un referente en este terreno por el rigor con que ha llevado a cabo sus responsabilidades, tanto en el campo de la supervisión mucho más cercana y estricta que la de sus pares, como en el de la regulación, donde las provisiones anticíclicas y el tratamiento de las operaciones de fuera de balance se han convertido en ejemplo a seguir.
La segunda lección se refiere a la gestión de riesgos, el área donde más errores han cometido muchas entidades financieras en los últimos años. La responsabilidad de riesgos no debe de estar subordinada a las áreas de negocio; debe ser independiente y contar con criterios claros, establecidos al máximo nivel. Creo que Banco Santander es un buen ejemplo de estas buenas prácticas. La función de riesgos es independiente del negocio, cuenta, además, con políticas bien definidas y con la dedicación de miembros del Consejo de Administración que se reúnen varias veces cada semana para analizar, con detalle, las carteras más relevantes y las exposiciones a clientes más importantes. La clave, por tanto, está en dedicar mucho trabajo y la más alta responsabilidad ejecutiva a la gestión de riesgos.
La tercera lección, también muy evidente, reivindica el modelo tradicional de banca comercial y la cercanía con los clientes; en definitiva el negocio recurrente y sostenible. Las entidades con foco en banca comercial –grandes y pequeñas-, incluyendo Santander, se han visto afectadas por la crisis de forma mucho más moderada y previsible que la banca de inversión o las instituciones con una alta dependencia de la financiación en mercados mayoristas. Esto ha devuelto a un primer plano una forma de hacer banca que, injustificadamente, se consideraba anticuada.
La cuarta lección subraya la importancia de la eficiencia en la gestión bancaria, que se manifiesta con claridad en los momentos de crisis o de bajo crecimiento económico, cuando el control de costes y la recurrencia de ingresos señalan las ventajas competitivas.
La quinta lección se refiere a la necesidad de acertar en los cambios regulatorios que, sin duda, se producirán en el futuro para prevenir nuevas crisis o, siendo realistas, para evitar que tengan un impacto tan profundo como la actual. Es necesario mejorar la regulación pero no hacerla demasiado compleja. La crisis ha mostrado que una regulación prolija y confusa genera innumerables oportunidades de arbitraje regulatorio. Tampoco debemos errar el tiro y apuntar a las entidades más grandes e internacionales como responsables de lo que ha sucedido. Las economías de escala, las sinergias y la diversificación internacional han permitido a bancos como el Santander sortear la crisis con solvencia, y se han convertido en un elemento de estabilidad financiera en aquellos países donde desarrollan sus actividades.
La banca española, muy sólida en todos los aspectos señalados, es sin duda un importante activo para nuestra economía. Basta echar un vistazo a los países de nuestro entorno para darse cuenta de que tenemos un sistema financiero en conjunto fuerte y estable.
No quisiera, sin embargo, dar la impresión de que no tenemos nada que aprender de un período tan complejo. En este sentido, una nueva consideración sobre concentraciones de riesgos; una reflexión sobre los criterios de concesión de crédito y sobre el papel de la intermediación; o una atención más sistemática a la gestión de la liquidez son sólo algunas de las claras enseñanzas que nos ha dejado esta crisis.
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