La vergüenza viste de rojo
La Fórmula 1 recupera la magia en Bahréin, mientras que el 'cavallino rampante' se transforma en un carruaje tirado por asnos que hunde a Alonso en la clasificación
Lunes07 de abril de 2014
Siempre he querido pensar que en todos y cada uno de los aspectos de la vida existe un momento en el que, tras renegar de muchas cosas, una chispa se enciende y vuelves a creer en la magia. El Gran Premio de Bahréin ha sido el fósforo que ha provocado que volvamos a entender cuál es la génesis de la Fórmula 1, tras un par de años de soberano e insufrible aburrimiento. Por fin ocurrió y lo hizo desde que el semáforo rojo se apagó y los pilotos se pelearon para encontrar su lugar en la carrera.
Y todo volvió a ser espectáculo: adelantamientos por el exterior, por el interior, por donde hubiera el mínimo espacio; duelos entre pilotos de la misma escudería cual gemelos en discordia, ataques, estrategias, y sobre todo, la ausencia de las órdenes de equipo que permitieron contemplar auténticas batallas máquina con máquina, hombre contra hombre, llegando incluso a rozar los morros de sus coches. Todo ello se acentuó más aún gracias a un espectacular accidente entre Maldonado (Lotus) y Gutiérrez (Sauber) en la vuelta 42, en el que finalmente no hubo que lamentar consecuencias negativas. La salida del safety car fue vital para reducir distancias que de otra manera habrían sido insalvables.
Y todo volvió a ser espectáculo: adelantamientos por el exterior, por el interior, por donde hubiera el mínimo espacio; duelos entre pilotos de la misma escudería cual gemelos en discordia, ataques, estrategias, y sobre todo, la ausencia de las órdenes de equipo que permitieron contemplar auténticas batallas máquina con máquina, hombre contra hombre, llegando incluso a rozar los morros de sus coches. Todo ello se acentuó más aún gracias a un espectacular accidente entre Maldonado (Lotus) y Gutiérrez (Sauber) en la vuelta 42, en el que finalmente no hubo que lamentar consecuencias negativas. La salida del safety car fue vital para reducir distancias que de otra manera habrían sido insalvables.
Porque si hay algo que resulta incontestable es el dominio absoluto de Mercedes en la pista, donde Nico Rosberg y Lewis Hamilton se batieron en un duelo impresionante que trajo a la memoria temporadas pasadas, en las que la quiniela para ganar el Mundial constaba de múltiples apuestas. Y lo hicieron desde el respeto, pero dejándose las entrañas en cada curva.
Del buen trabajo siempre se obtiene una recompensa, y el cajón más alto del podio fue esta vez y de manera merecida para Hamilton, seguido de su compañero y rival, Rosberg. La tercera posición le llegó casi sin avisar a Sergio Pérez (Force India), tras atacar a Hulkenberg (Force India) y a un Ricciardo (Red Bull), que hace empequeñecer a su compañero de escudería, Vettel, discreto en el 6º puesto.
LA SINCERIDAD DE MONTEZEMOLO
Cuando los resultados no son estos, y algo falla en cualquier empresa, el jefe decide abandonar su puesto de mando, el sillón de su despacho y descender al desconocido y sucio mundo del obrero. En el caso de Ferrari es de agradecer la sinceridad del Montezemolo, su director, quien reconocía la mala situación por la que está pasando la escudería y que aprovechaba también para arremeter contra la nueva normativa, porque en el fondo, la culpa siempre es del vecino del quinto.
Es incomprensible y bochornoso hasta extremos insospechados que pilotos de la categoría de Fernando Alonso o Kimi Räikkönen no estén, ni por asomo, cercanos a ganar una sola carrera, que tengan que resignarse a defender su ridícula posición en la clasificación, que no puedan atacar a un Force India o a un Williams, y que se dejen la piel por obtener uno o dos puntos al final de cada Gran Premio. El asturiano se tuvo que conformar con la novena posición y su compañero con la décima.
Sencillamente no tiene explicación. Los problemas son evidentes y hasta el más ignorante en este deporte podría tomarse la libertad de hacer todo tipo de críticas destructivas ante una escudería legendaria y de raza que de cavallino rampante ha pasado a un ser un carruaje tirado por asnos.
Llamativo es que, como si del capitán Francesco Schettino se tratara (que abandonó el accidentado Costa Concordia), Montezemolo y su cínica sonrisa salieron por pies antes de que la carrera acabara, en un cochazo que probablemente daría mejores resultados que el de sus pilotos. Así que, esta no sería una opción tan descabellada para Alonso, quien ingenuo y a la par que diplomáticamente correcto, afirmaba que la revancha llegará en China. Quizá esa revancha deba llevarla a cabo dentro de su propia escudería...
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