Desde que se declarara la crisis sanitaria, CureVac, una compañía biofarmacéutica con sede en Tubinga, Alemania, ha generado grandes expectativas. Se supone que su tecnología puede llevar a una victoria frente al coronavirus de un modo más rápido que las vías que exploran otras empresas y otros países.
Debido a las expectativas generadas, el Gobierno alemán anunciaba la entrada del estado en el capital de la compañía a través de una inyección de 300 millones de euros que llegará a través del Instituto de Crédito para la Reconstrucción, una entidad de titularidad pública.
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«La tecnología de CureVac tiene el potencial de desarrollar nuevas vacunas y tratamientos terapéuticos (…). El Gobierno está participando en esta prometedora compañía porque espera acelerar así esos desarrollos y quiere posibilitar financieramente que CureVac explote su potencial tecnológico», señalaba el ministro de Economía, el conservador Peter Altmaier, el día de la presentación de la decisión de entrar en el capital de la empresa de biotecnología.
La posición defensiva del Gobierno alemán, una manera de asegurarse sus dosis de la vacuna, podría tener su justificación ante la forma de actuar del Gobierno de Donald Trump, quien ha comprado más de 500.000 dosis de remdesivir a la empresa Gilead, el primer medicamento contra la COVID-19, lo que supone toda la producción de este fármaco de julio y el 90% de agosto y septiembre.
Los expertos y los activistas están alarmados tanto por la acción unilateral de Estados Unidos sobre el remdesivir, al igual que ocurrirá presumiblemente con Alemania. La Administración Trump ya ha demostrado que está preparada para superar las ofertas y maniobras de todos los demás países para asegurar los suministros médicos que necesita, y el país germano se une a esta tendencia.
Dietmar Harhoff, director del prestigioso Instituto Max Planck para la Innovación y la Competencia de Múnich, decía en declaraciones al Frankfurter Allgemeine Zeitung: «por fin se han despertado algunos en el Ministerio de Economía». «No sirve para nada, ensimismarse con esa ilusión de que otros países van a actuar conforme a las leyes del mercado», según Harhoff, anunciando de esta forma un abuso de los más países más fuertes económicamente para conseguir la vacuna.