lunes, 10 de abril de 2023

El penúltimo de los CEPEDA y sus recuerdos....

Aquellas infancias ovetenses: plazas, gestas y significados del paisaje urbano EMILIO J. CEPEDA GARCÍA OPINIÓN Una imagen actual de la ?iglesia redonda? de la Plaza del Fresno con la estatua y el escudo en el centro de la imagen y, a su derecha, los monolitos conmemorativosUna imagen actual de la ?iglesia redonda? de la Plaza del Fresno con la estatua y el escudo en el centro de la imagen y, a su derecha, los monolitos conmemorativos 09 abr 2023 . Actualizado a las 05:00 h. Comentar · 4 Aunque la mayor parte de las veces no se aprecia a simple vista, el paisaje urbano encarna la proyección cultural de una sociedad en determinados momentos de su historia. Como reflejo y símbolo del poder político, es utilizado en numerosas ocasiones a modo de herramienta para establecer y legitimar relaciones sociales. Así, diversos enclaves y lugares han surgido para conmemorar o celebrar algo. Un descubrimiento. Una revolución. Un hecho histórico. O una supuesta gesta militar, como es el caso que nos ocupa. Hablamos de la actual Plaza del Fresno (hasta hace poco Plaza de la Gesta), un lugar muy frecuentado en aquellas infancias ovetenses como zona de esparcimiento y juego infantil, y cuyo origen y pequeña historia nos sirve también como ejemplo de esa proyección social y política en el paisaje. El espacio físico de la plaza se inscribe en una parcela rectangular de orientación NO-SE y topografía plana, elevada respecto al núcleo original de la ciudad. Está rematada en uno de sus lados por la iglesia de San Francisco de Asís y su planta circular, una construcción de original diseño y popularmente conocida como la iglesia redonda, que ocupa su extremo SE y la separa de la calle Pérez de la Sala y el colegio de las Dominicas. Hacia el NO, la calle Calvo Sotelo hace de límite con la zona de Llamaquique, muy visible desde la parcela. Los bordes largos del rectángulo, separados físicamente de la plaza por sendas calzadas estrechas adoquinadas, los conforman, a un lado, el edificio de Hidroeléctrica del Cantábrico y el auditorio Príncipe Felipe y, al otro, varios edificios residenciales. Su origen remite a la gesta ovetense y los caídos (pero solo los de un bando) durante el cerco de la ciudad en la Guerra Civil. El llamado Plan Gamazo para la reconstrucción de Oviedo, de 1941, proyectó construir una plaza con una iglesia en ese lugar, prolongación del llamado Campo de Maniobras y uno de los puntos más altos del ensanche, con la intención de que el «remate, cúpula o torre de la iglesia pudiera tener presencia en la silueta general de la ciudad desde distintos puntos de vista». Tras varios parones en las obras, la plaza no se completó hasta los años 60 con la construcción de la iglesia redonda y nunca pudo tener esa pretendida (políticamente) presencia en la silueta de la ciudad. Tras la edificación de la sede de Hidroeléctrica del Cantábrico y un gran bloque de viviendas en la calle Calvo Sotelo y el crecimiento de la ciudad siguiendo el eje de las calles Pérez de la Sala y González Besada, el templo solo es visible en su entorno más cercano. La plaza que en la que jugamos en los años 80 era bastante diferente a la actual. Estaba dividida en bandas longitudinales que cubrían casi toda la parcela. La más ancha era la central, recubierta con algo parecido al asfalto y en bastante mal estado, en la que fácilmente te podías pelar las rodillas al caer o hacerles un roto a aquellos pantalones que las madres y abuelas (siempre ellas) remendaban luego con mimo y rodilleras, muy de moda en aquellos tiempos. A ambos lados de la franja central, había otras más estrechas pavimentadas con baldosas de mármol blanco sobre las que se distribuían varios bancos de piedra. A mitad de una de estas bandas, en el centro de la parcela, destacaba un pequeño entrante hacia la zona ajardinada, separado de la misma por un murete de piedra en el que se apoyaba a su vez una especie de pequeño monolito, al que solíamos trepar. Estas bandas servían de transición hacia los parterres longitudinales ajardinados, que, en mi memoria, aparecen limitados por unas pequeñas vallas verdes. El césped estaba salpicado de pequeños arbolitos aquí y allá, y también tenía algún lugar señalado por rocas de buen tamaño que utilizábamos a modo de isla del tesoro en nuestros juegos infantiles. De la zona edificada adyacente, recuerdo comercios como Musical Vila y sus instrumentos en el escaparate, que también mostraba algunos juguetes. Mi abuelo nos compró a mi hermana y a mí sendas figuras de plástico de Spiderman y Hulk (de aquella La Masa) con interior de alambre que acabaría asomando con el uso (no se estilaban aún los controles de calidad). También recuerdo dos lugares muy relacionados con las facultades universitarias cercanas: la cafetería Pasapoga, justo en la esquina hacia Calvo Sotelo, en la que los estudiantes alternaban entre clases, y el fotógrafo Oliveira y sus orlas en el escaparate, un lugar donde, allá por el año 85, nos hicimos un reportaje familiar que mi abuela conservó enmarcado en su casa durante años. Otros dos establecimientos de la época eran la Mercería Alonso, abierta hasta no hace muchos años, y la Cafetería Lira, que aún persiste. Pero lo que más nos llamaba la atención era la figura adosada a la fachada de la iglesia, presidiendo la plaza. Representaba a un personaje con ojos vendados que sostenía una especie de rama de palmera en las manos y al que algunos niños llamábamos, incorrectamente, el cristo. Lo más fascinante eran sus grandes pies desnudos, que solíamos mirar y tocar tras acceder a otro pequeño parterre que la rodeaba y que contenía también un escudo. Y es que en aquellas infancias ovetenses la plaza era un lugar donde los niños de la zona (o bien los que, como es mi caso, tenían abuelos cerca) jugábamos tranquilos e inocentes, sin que nada nos hiciera sospechar acerca de los orígenes de aquel espacio del que disfrutábamos. Porque ese paisaje urbano había sido proyectado también para otro uso, invisible a la percepción infantil, que fuimos descubriendo con el paso de los años: resulta que el monolito y el murete tenían un texto escrito. Y unas flechas y un yugo. Y la figura adosada a la iglesia redonda no era exactamente un cristo al que rezarle. Y, si tú pasabas por allí un día cualquiera (pongamos el 20 de noviembre de cada año), podías ver una concentración de personas las cuales, tras oír misa en honor de un general, parecían pedir taxis con el brazo en alto mientras hablaban de quemarse al sol y coreaban consignas del estilo de «arriba España» o Franco y Primo de Rivera, «presentes». Recuerdo una vez en la que a un grupo de jóvenes (que pasaba por allí justo en el momento de las consignas) se les ocurrió gritar ¡Mussolini!, a lo que varios de los presentes, absortos y ebrios de celebración, respondieron con un ¡presente!, que provoco las risas y la sorna de los adolescentes. Desde aquellos años, el carácter temporal y dinámico del paisaje ha tenido su reflejo en la transformación de la plaza que, no obstante, se mantuvo casi igual, con pequeños retoques, hasta finales de los 90. Uno de los pocos cambios que recuerdo fue la enorme campana que simbolizaba la hermandad entre Oviedo y la ciudad alemana de Bochum, que estuvo colocada casi en el extremo opuesto a la iglesia, sobre un pedestal rodeado por cadenas. El lugar sufrió una primera remodelación global a raíz de la construcción del Auditorio en los antiguos depósitos de agua, hacia la calle Pérez de la Sala. Desaparecieron el asfalto, el mármol y gran parte de la zona de césped, y aparecieron la escultura de un violinista y una fuente rectangular con extrañas columnas/arcos de ladrillo en su interior, que orientaron su trazado siguiendo la diagonal del rectángulo hacia la fachada del nuevo edificio. La reforma le hizo perder el carácter (menos estético pero más popular) que tenía, y la transformó en una típica plaza dura, con losas y colores de esos que tanto gustaban al urbanismo ovetense en los años del pelotazo. El aspecto actual, cuya distribución ya se ha mantenido definitivamente orientada hacia la fachada del Auditorio, proviene de las obras de construcción del parking subterráneo a principios de siglo que, destrucción creativa mediante y privatizando parte del espacio público, borró la reforma anterior y la convirtió en una plaza muy del siglo XXI con sus elementos característicos: aspecto duro, con algún pequeño reducto de vegetación; edificaciones acristaladas en superficie para acceso peatonal al parking (el de automóviles se sitúa en el extremo opuesto a la iglesia); terraza cubierta del local de hostelería que sustituyó al antiguo Pasapoga; zona infantil de juegos estandarizada, de esas donde las criaturas ya no se pelan las rodillas; y varios bancos corridos protegidos por parasoles. Un aspecto original en su diseño es la rosa de los vientos en el pavimento que, todo hay que decirlo, me ha facilitado mucho el trabajo de analizar la orientación de la plaza y sus alrededores. Lo que, sin embargo, apenas ha cambiado, es la iglesia redonda, el lugar que acogió la boda de mis padres y de tantos otros y en la que, con los años, también me ha tocado asistir a varios funerales. Ahí sigue la figura adosada en la fachada con el escudo a sus pies y con el monolito y el murete trasladados a hacerle compañía. Hoy, décadas después de su construcción y retomando el inicio del artículo, aunque en teoría la sociedad y el poder político (y hasta el nombre de la plaza, definitivamente) han cambiado y han dejado su impronta en el paisaje actual, la evolución no ha sido ni será suficiente mientras el lugar, además de ejercer su labor como espacio público de encuentro y juegos infantiles, pueda seguir mostrando su verdadero origen un día cualquiera de noviembre. Emilio J. Cepeda García es geógrafo, profesor tutor de Geografía y responsable de Extensión Universitaria en el Centro Asociado de la UNED en Tudela (Navarra)

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