lunes, 27 de noviembre de 2017

Escándalo en Mestalla..

ABC-El Barça llegaba a uno de esos partidos que no sólo sirven para acreditar tu estado de forma y la solvencia de tu juego sino que en alguna medida —siempre discreta, dado que todavía es noviembre— pueden encarrilar el campeonato. Un Barcelona que hasta entonces había sido poco brillante contra los grandes, se medía ante un Valencia revelación que puede que en marzo no aguante el tirón, pero que ahora mismo es el más sólido rival que tienen los de Valverde en la Liga.
El Barça empezó mandando, dominando y lo único que pudieron hacer los locales en los 10 primero minutos fue fruto de un estúpido error de Rakitic, esos estúpidos errores que tantas veces tan caros salen. Inteligentes los azulgranas alargando sus posesiones, moviendo rápido el balón y esperando sin precipitarse su momento. Ideas claras. Presión impecable. El matiz táctico de usar a Messi y a Paulinho por detrás de Suárez. Faltaba profundidad pero se intuía que acabaría llegando. Fantástica moqueta verde en Mestalla, muy regada antes de que el encuentro comenzara.
Sobre el minuto 20, pese al apabullante dominio visitante (72% de posesión y una localización del 67% en el campo del Valencia) el juego posicional del Barcelona empezó a parecer retórico, como una conversación que no lleva a ninguna parte. Mucho control y poca amenaza, como un matrimonio que ya no se quiere demasiado. Vermaelen, novedad en el once de Valverde por sanciones varias, no había hecho hasta entonces gran cosa pero todo lo había hecho muy bien. Extraordinario Busquets en las ayudas, siempre presto para acudir al rescate. El Valencia no podía salir en condiciones de su campo. Monólogo culé pero sin remates ni ocasiones. El Valencia tampoco tenía el partido tan lejos de donde lo quería, esperando al contraataque.
A Messi le negaron un clarísimo gol que botó aparatosamente dentro. Clamoroso error de Iglesias Villanueva y de sus auxiliares. Tan monumental como el del portero Neto, que intentando despejar el balón se lo pasó por debajo de las piernas hasta dentro de la portería. Pero lejos de perder la concentración el equipo continuó mandando y creciendo en confianza y autoestima.
El Valencia regresó del descanso algo más combativo, e incisivo, y el Barcelona más impreciso de lo aconsejable si se quiere ganar en Mestalla. Ambiciosos y agresivos los locales, despistados los visitantes. El partido se rompió para instalarse en las idas y venidas que tanto favorecían los intereses valencianistas. Ataques precipitados del Barça, jugadas poco maduras, constantes pérdidas de balón y en el minuto 59 pasó lo que tenía que pasar y Rodrigo remató magistralmente, entrando con todo, un buen centro de Gayá para batir a Ter Stegen.
Luis Suárez continúa viviendo en la oscuridad y falló todo lo que tocó como si fallar fuera su característica. Si en la primera mitad se jugó a lo que quiso el Barça, en la segunda el Valencia estableció su pauta. Entraron Deulofeu por Rakitic y Denis Suárez por Iniesta pero los de Valverde continuaron siendo sometidos, dominados, como si lo de la primera parte hubiera sido un hechizo que hubiera caducado en el descanso. Hasta Messi que le quiere mucho, se lamentaba de la continua imprecisión de Suárez, que le perjudicaba en todas las asociaciones al límite del área. Hasta los mejores jugadores tienen malas rachas, pero es desesperante cuando por mucho que intentas levantarte siempre vuelves a caer y estropeas con tu ineficacia el trabajo de tu equipo.
Pero sería injusto pasarle a Suárez la factura entera de la mala segunda parte de su equipo, que falló en su conjunto y se quedó sin respuestas claras para responder a la evidente mejoría del Valencia, que mereció el premio del gol tanto como el Barça lo hubiera merecido en el primer tiempo. Pero el fútbol, como la vida, no es justo ni simétrico y entre Messi —admirable asistencia— y Alba —magnífica volea— empataron el partido cuando menos lo merecía su equipo, pero dando sentido a la superioridad de la primera parte.

El Barcelona fue desde entonces a por el partido con más fe que finura, con más furia que inteligencia, con más prisa de última hora que juego que acreditara algún tipo de mérito para conseguir su propósito. Y además, Luis Suárez continuaba fallándolo absolutamente todo. Pese a los cuatro minutos de descuento, el marcador no se volvió a mover.

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