viernes, 5 de febrero de 2010

La sensatez de Manolo Conthe.

El coste de la desconfianza

La acusada caída que hay sufrido hoy la Bolsa española, mucho mayor que la sufrida por los restantes mercado,s indica que a muchos inversores, especialmente extranjeros, España les inspira poca confianza. Como es habitual en tales circunstancias, muchos especuladores bajistas habrán aprovechado ese caldo de cultivo para tomar posiciones (ventas en corto) que han acelerado el descenso. A esa fuerte caída bursátil se ha añadido un aumento del diferencial de la deuda española frente a la alemana.

El dilema para los gobernantes siempre es parecido: antes de que la crisis se desencadene, incluso aunque sean conscientes de la gravedad de los problemas, les "dará pereza" abordarlos y adoptar medidas dolorosas e impopulares. Negarán, pues, la gravedad de la situación y, de momento, lograrán que los ciudadanos sólo se inquieten por aquellos aspectos de la crisis que resulten visibles (como el grave crecimiento del paro).



Pero llegará un momento en que los inversores extranjeros pondrán su lupa sobre los desequilibrios de nuestra economía (falta de competitividad, déficit presupuestario estructural, elevado desempleo, crisis del sector inmobiliario, debilidad de las entidades financieras más expuestas al sector de la construcción...) y, alertados por las agencias de rating, analistas y columnistas de prestigios (Krugman, Wolfgan Münchau...), empecerán a expresar públicamente sus dudas y oscuros vaticinios sobre el futuro de nuestro país. Cuando esas opiniones alcancen cierta masa crítica, se difundirán como un virus y se producirá una adversa espiral especulativa.



La tentación del gobernante imprudente será descalificar esas opiniones críticas -como ha hecho hoy la Vicepresidenta Salgado con Krugman e incluso con el Comisario Almunia-; tales descalificaciones acrecentarán la impresión de que el gobernante niega la realidad (está "in denial",como dicen los anglosajones) y le falta coraje para adoptar medidas correctoras.



Por desgracia, cuando más tarde un Gobierno en proponer, sin titubeos, las reformas precisas para atajar los problemas, más se encarecerá el coste de emitir Deuda y más draconianos tendrán que ser los ajustes presupuestarios precisos para hacer sostenibles las cuentas públicas.



Pero no nos cebemos exclusivamente en los gobernantes: en gran medida aspiran a ganar y conservar votos, algo legítimo en una democracia. El verdadero problema se produce cuando son los propios ciudadanos los que, asustados por un tratamiento doloroso, logran bloquearlo. Por eso, las agencias de rating y los analistas extranjeros, a la hora de vaticinar las perspectivas de reforma, están atentas no sólo a las iniciativas del Gobierno: también les interesa lo que dicen los representantes de los demás partidos, las organizaciones sindicales y empresariales y, en general, la opinión pública.



Cuando un país no suscita confianza internacional, tiene que pagar un coste financiero tangible

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