Draghi, en un callejón sin salida
Adolfo Lorente
La Eurozona sigue abonada al más difícil todavía,
predestinada a vivir en el alambre. Porque si no tenía suficiente con la
grave crisis identitaria que sufre desde el estallido de Lehman
Brothers (división política, fractura Norte-Sur, rechazo social...), Grecia se ha encargado de recordar que el problema, su mal endémico, nunca ha dejado de existir por muchos parches que se han querido colocar edulcorados con mensajes que proclaman el adiós a la crisis.
Atenas ha vuelto a hacer tambalear los cimientos de la ortodoxia económica comunitaria, noqueada asimismo por los fantasmas de la deflación. Eurostat confirmó este miércoles los peores augurios: el desconcertante desplome del petróleo llevó la tasa interanual de inflación de diciembre al -0,2%. Sí, en rojo; algo que no se veía desde septiembre de 2009, en pleno tsunami de la peor crisis que aún pervive.
Pese a todo, en Bruselas sigue imperando cierta calma. «Una inflación temporalmente negativa es algo obviamente distinto de la deflación, que requiere de una caída general del nivel de precios que se autoperpetúe», matizó la portavoz de Asuntos Económicos, Annika Breidhardt. En este sentido, apostilló que creen que «el débil crecimiento y los bajos precios de las materias primas continuarán enfriando la inflación a corto plazo, pero a medida que la actividad se fortalezca y los salarios crezcan, la inflación volverá a aumentar». Una salida de manual que no refleja el temor que se manifiesta en privado.
Las dudas vuelven a Bruselas
Lo cierto es que la Eurozona está inmersa en una espiral de relevantes quebraderos de cabeza regida por la Ley de Murphy. Sí algo puede salir mal... Se logró impulsar la unión bancaria (el proyecto más relevante desde el nacimiento de la moneda única), que las potencias 'rescatadas' dieran signos de cierta vitalidad (España, como gran sorpresa), que Mario Draghi diera un volantazo a la política económica del BCE, que Jean-Claude Juncker trajera a la Comisión Europea un nuevo aire político con un plan de inversión de 315.000 millones... Y cuando todos miraban con optimismo a 2015 como el año del 'ahora o nunca', ha irrumpido el problema griego, la deflación, los mensajes contradictorios... Las dudas, en definitiva.
Lo positivo, si lo hay, es que la UE es experta en afrontar las situaciones límite. Vive, disfruta con la presión de las largas madrugadas bruselenses. Y en este nuevo escenario, un nombre vuelve a tronar en el ambiente: Draghi, 'Súper Mario', el banquero italiano que ha sido capaz de enfrentarse a la ortodoxia alemana dentro del Eurobanco y que lleva semanas ultimando los detalles de una compra masiva de deuda pública mediante un ambicioso programa de expansión cuantitativa (QE, por sus siglas en inglés) como el que impulsó la Reserva Federal.
Será un antes y un después en la historia del BCE que podría activarse el 22 de enero, en el primera reunión que el Consejo de Gobierno celebrará este año. Claro, si la variable Grecia, que está llamada a las urnas el día 25, no lo impide.
Reunión con Sturnaras
Mover ficha antes, después, no hacerlo... La más que probable victoria de Alexis Tsipras, líder de Syriza (el Podemos griego, salvando ciertas distancias), ha disparado todas las alarmas en la Eurozona por lo radical de su discurso, por hablar de cambio, de quitas de deuda, de conceptos alérgicos para potencias como Alemania. Tanto, que el Gobierno de Angela Merkel ya ha comenzado a lanzar serias advertencias sobre una posible salida del euro de Grecia en el hipotético caso en el que el nuevo Gobierno de Atenas hiciera saltar por los aires el programa de austeridad y saneamiento seguido por la troika desde hace casi un lustro. De hecho, el FMI ha paralizado nuevos tramos de ayuda a la espera de que el escenario político se esclarezca.
Porque si una palabra resume la coyuntura económica comunitaria ésa es incertidumbre. Las cábalas sobre el qué pasará, sobre cómo se actuará en función de lo que ocurra han comenzado a prodigarse como la pólvora con remite desde Berlín. Syriza lo llama la campaña del miedo. Los ahorradores alemanas muestran hartazgo a seguir poniendo dinero para pagar desmanes ajenos. ¿Y Bruselas? Intenta poner orden hablando de sensatez y asegurando que la pertenencia al euro de Grecia es «irrevocable». Veremos...
De momento y al margen de la retórica política, Draghi se reunió este miércoles con el gobernador del Banco Central de Grecia, Yannis Sturnaras, para analizar la situación vigente -Atenas ha reconocido ciertas fugas de capital, aunque de escasa cuantía- y sobre todo, ver los posibles planes B, C o incluso D que tengan que ser activados en los próximos meses en forma de inyecciones de liquidez en caso de que el dinero huya de Atenas si Syriza se hace con la victoria. No trascendió nada del encuentro bilateral «de índole privado» que mantuvieron ambos banqueros en Fráncfort, pero lo que sí es seguro es que si de algo no se habló fue de tranquilidad.
Atenas ha vuelto a hacer tambalear los cimientos de la ortodoxia económica comunitaria, noqueada asimismo por los fantasmas de la deflación. Eurostat confirmó este miércoles los peores augurios: el desconcertante desplome del petróleo llevó la tasa interanual de inflación de diciembre al -0,2%. Sí, en rojo; algo que no se veía desde septiembre de 2009, en pleno tsunami de la peor crisis que aún pervive.
Pese a todo, en Bruselas sigue imperando cierta calma. «Una inflación temporalmente negativa es algo obviamente distinto de la deflación, que requiere de una caída general del nivel de precios que se autoperpetúe», matizó la portavoz de Asuntos Económicos, Annika Breidhardt. En este sentido, apostilló que creen que «el débil crecimiento y los bajos precios de las materias primas continuarán enfriando la inflación a corto plazo, pero a medida que la actividad se fortalezca y los salarios crezcan, la inflación volverá a aumentar». Una salida de manual que no refleja el temor que se manifiesta en privado.
Las dudas vuelven a Bruselas
Lo cierto es que la Eurozona está inmersa en una espiral de relevantes quebraderos de cabeza regida por la Ley de Murphy. Sí algo puede salir mal... Se logró impulsar la unión bancaria (el proyecto más relevante desde el nacimiento de la moneda única), que las potencias 'rescatadas' dieran signos de cierta vitalidad (España, como gran sorpresa), que Mario Draghi diera un volantazo a la política económica del BCE, que Jean-Claude Juncker trajera a la Comisión Europea un nuevo aire político con un plan de inversión de 315.000 millones... Y cuando todos miraban con optimismo a 2015 como el año del 'ahora o nunca', ha irrumpido el problema griego, la deflación, los mensajes contradictorios... Las dudas, en definitiva.
Lo positivo, si lo hay, es que la UE es experta en afrontar las situaciones límite. Vive, disfruta con la presión de las largas madrugadas bruselenses. Y en este nuevo escenario, un nombre vuelve a tronar en el ambiente: Draghi, 'Súper Mario', el banquero italiano que ha sido capaz de enfrentarse a la ortodoxia alemana dentro del Eurobanco y que lleva semanas ultimando los detalles de una compra masiva de deuda pública mediante un ambicioso programa de expansión cuantitativa (QE, por sus siglas en inglés) como el que impulsó la Reserva Federal.
Será un antes y un después en la historia del BCE que podría activarse el 22 de enero, en el primera reunión que el Consejo de Gobierno celebrará este año. Claro, si la variable Grecia, que está llamada a las urnas el día 25, no lo impide.
Reunión con Sturnaras
Mover ficha antes, después, no hacerlo... La más que probable victoria de Alexis Tsipras, líder de Syriza (el Podemos griego, salvando ciertas distancias), ha disparado todas las alarmas en la Eurozona por lo radical de su discurso, por hablar de cambio, de quitas de deuda, de conceptos alérgicos para potencias como Alemania. Tanto, que el Gobierno de Angela Merkel ya ha comenzado a lanzar serias advertencias sobre una posible salida del euro de Grecia en el hipotético caso en el que el nuevo Gobierno de Atenas hiciera saltar por los aires el programa de austeridad y saneamiento seguido por la troika desde hace casi un lustro. De hecho, el FMI ha paralizado nuevos tramos de ayuda a la espera de que el escenario político se esclarezca.
Porque si una palabra resume la coyuntura económica comunitaria ésa es incertidumbre. Las cábalas sobre el qué pasará, sobre cómo se actuará en función de lo que ocurra han comenzado a prodigarse como la pólvora con remite desde Berlín. Syriza lo llama la campaña del miedo. Los ahorradores alemanas muestran hartazgo a seguir poniendo dinero para pagar desmanes ajenos. ¿Y Bruselas? Intenta poner orden hablando de sensatez y asegurando que la pertenencia al euro de Grecia es «irrevocable». Veremos...
De momento y al margen de la retórica política, Draghi se reunió este miércoles con el gobernador del Banco Central de Grecia, Yannis Sturnaras, para analizar la situación vigente -Atenas ha reconocido ciertas fugas de capital, aunque de escasa cuantía- y sobre todo, ver los posibles planes B, C o incluso D que tengan que ser activados en los próximos meses en forma de inyecciones de liquidez en caso de que el dinero huya de Atenas si Syriza se hace con la victoria. No trascendió nada del encuentro bilateral «de índole privado» que mantuvieron ambos banqueros en Fráncfort, pero lo que sí es seguro es que si de algo no se habló fue de tranquilidad.
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