Y a cotizar como todo quisqui!
Ley Beckham, el ruido y las nueces
No hay casi nada que Florentino no esté dispuesto a hacer por el equipo de sus amores
En las horas previas al partido contra el Milan en la capital de Lombardía, Florentino Pérez recibió una noticia que le trastocó el ánimo. En pleno encuentro de cortesía con su homólogo milanista, se enteró de lo que acababa de suceder en la Comisión de Economía del Congreso: la aprobación del cambio de normativa que acabará privando a sus futuros galácticos, los que fiche a partir del próximo 1 de enero, del trato fiscal privilegiado que la legislación española ofrece a los residentes extranjeros que vengan a trabajar al país por un periodo máximo de 5 años. En el futuro, el sistema se mantendrá sólo para quienes ganen menos de 600.000 euros al año. Eso sí, ¡menos mal¡, la medida no será retroactiva y no se aplicará a los Ronaldo, Kaká, Ibrahimovich... Seguirán pagando sólo el 24% en lugar del 43% que se dejan los nativos que forman parte del selecto club de los mejor pagados. La llamada ley Beckham, de nuevo en el punto de mira.
Cabreo monumental de Florentino. Su club, junto con el Barça, es el principal beneficiario de la norma que ahorra a la Liga unos 100 millones de euros al año, según sus propios cálculos. Florentino debió de pensar que de nuevo tenía que lidiar con ese engorroso asunto, el PSOE necesita votos parlamentarios y ofrece el chocolate del loro, fuegos de artificio, los altos ingresos de mis galácticos a los radicales de IU-ICV y del BNG. En junio ya hubo sarao. Actuó rápido como un relámpago y abortó en horas un pacto similar. Contactos políticos e influencia. La cosa, en nada. La talla de su autoridad como líder del fútbol español ganó varias medidas.
Pero esta segunda vez no ha habido blitzkrieg. Y no sólo porque los hechos le cogieron desprevenido en Milan. Ha repetido movimientos. Primero, con José Antonio Alonso, portavoz parlamentario del PSOE. Luego, Pérez Rubalcaba, ministro del Interior, ex portavoz y madridista rematado. Pero las respuestas han sido desalentadoras: el Gobierno ha pactado el cambio por teóricas necesidades de mecánica parlamentaria y es la Moncloa, es decir, el presidente Zapatero, quien inspira el movimiento. Rentable en términos de imagen pública. Máxime en tiempos de crisis. Poco pueden hacer ellos. A la Moncloa ha encaminado sus pasos el constructor..., pero la bola ya corre veloz.
No hay casi nada que Florentino no esté dispuesto a hacer por el equipo de sus amores. En su anterior presidencia, allá por el 2002, acudió junto con el director de la Liga, Pedro Tomás, al palacete neoclásico que Sabatini construyó en la calle de Alcalá, la antigua casa de Aduanas, donde desde mediados del siglo XIX asienta sus reales el Ministerio de Hacienda. Se trataba de paralizar las inspecciones de la Agencia Tributaria a los clubs por los derechos de imagen. Pesquisas que desembocaron en actas de reclamación millonarias. Florentino, dramático, describió al ministro Cristóbal Montoro los males sin fin que sin remedio le esperaban al fútbol. Pero no sirvió de nada. "Desde el siglo XVIII todo el mundo sabe que a este caserón se viene llorado", concluyó con mordacidad lapidaria el ministro, poniendo fin a una reunión que no dio nada de sí. Las inspecciones siguieron y los tribunales dictaron sus condenas.
Estos días, Montoro critica ácidamente el cambio que aprobará el Gobierno: "La gente quiere seguir teniendo la mejor liga de fútbol del mundo". Por lo visto, estar en la oposición exalta el ánimo hasta el forofismo. Lo cierto es que el mordaz Montoro no se ablandó cuando Florentino le pidió ayuda, pero en enero del 2004 y a iniciativa de su secretario de Estado, Rodríguez Ponga, entró en vigor la ley Beckham. Ahora que se quiere derogar parcialmente, el fútbol ha sido el único sector que ha hablado a cara descubierta, aunque a la vista de lo acordado el viernes la mayoría de los clubs no comparte las urgentes angustias de los dos más ricos.
Según los defensores del sistema que aún rige, no sólo son los futbolistas de élite los beneficiados; también ejecutivos y científicos. Pero estos últimos discrepan. Aunque algunos ciertamente vienen a España cobijados en la norma y se ahorran dinero, no hay ni uno que llegue, ni tan sólo se acerque, a 600.000 euros. Ni en España ni en el mundo. Según la Agencia Tributaria, 3.000 personas aprovechan el sistema, aunque sólo unas 200 estarían por encima de 600.000 euros. Se puede deducir que el núcleo más numeroso es el de los futbolistas extranjeros y algún entrenador de alto nivel. 43, dice Hacienda, 70 los clubs.
Para enfriar la demagogia, se puede dar la razón a quienes recuerdan con sorna que el Gobierno mantiene, en guerra con Bruselas, un régimen fiscal sin parangón en los países avanzados que permite a las empresas comprar sociedades en el extranjero sin pagar impuestos por los dividendos que repatrían pero pudiendo deducirse los intereses de la adquisición, mientras hace mucho ruido con los futbolistas, pese a que las dimensiones fiscales de ambos casos no resisten la comparación.
El fútbol no entiende de razones y las aficiones aceptan incluso sacrificios con tal de ver en lo más alto al equipo de sus amores, pero hay que echar mano del sentido común y ser conscientes de que vivimos tiempos de agravios. Y, por favor, no sigan con el argumento infantil de que el jugador, ¡santo inocente¡, firma siempre por el neto. Prueben a explicar eso en su empresa.
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