Sacar a la economía española del atolladero va a requerir una cirugía más profunda de la que dejan entrever las propuestas que van desgranando los candidatos del PSOE y del PP ante la trascendental cita electoral del 20-N. [Consulte cada una de las medidas en este ESPECIAL DE Expansión.com]
En la previsible subasta de ilusiones para tranquilizar al electorado, no cabe esperar que alguien se atreva a anunciar el carácter ineludible de reformar a fondo no sólo los grandes epígrafes del gasto público, sino también el marco en que se sustenta nuestra actividad productiva.
El origen de las actuales dificultades reside, ante todo, en una pronunciada pérdida de competitividad que lastra el potencial de crecimiento y compromete el Estado del Bienestar.
El Gobierno que salga de las urnas el 20-N deberá acabar con tanta rigidez que atenaza la capacidad productiva y desincentiva la creación de empleo. Porque esas carencias son las que explican las dramáticas cotas de paro, o la acusada contracción de los ingresos públicos, causa principal del pronunciado déficit. Nuestra economía requiere de un plan integral que restablezca la confianza y nos sitúe en condiciones de no perder el tren de la recuperación.
EXPANSIÓN EN ORBYT
Con nuestras cincuenta propuestas para salir de la crisis, EXPANSIÓN identifica las áreas prioritarias donde conviene actuar sin tardanza para corregir los desequilibrios que lastran la economía y espolear así un debate que afecta no sólo a las formaciones políticas, sino a la sociedad civil en su conjunto. Se necesita un Gobierno fuerte para emprenderlas, pero también los ciudadanos deben ser conscientes de la necesidad de asumir sacrificios a cambio de asegurar el porvenir de las actuales y futuras generaciones.
Nada causa tanta indignación como constatar la ausencia de perspectivas que se ofrecen a los jóvenes españoles, con una alarmante tasa de paro del 45%. Esta sola consideración debiera bastar para que Gobierno, oposición y agentes sociales allanen el camino para un gran pacto que saque al país de su actual postración.
Los ciudadanos apoyarían abrumadoramente una hoja de ruta que genere perspectivas de empleo y despeje la actual atmósfera de incertidumbre. Para lograr este objetivo es preciso describir sin tapujos los problemas a los que nos enfrentamos.
La palpable desafección hacia el actual Gobierno deriva en buena medida del sentimiento de engaño que trasladó al negar primero la crisis y luego tratar de enmascarar sus dramáticas consecuencias. Por eso, nada resultaría más frustrante que limitar la ambición de las reformas por el afán de rehuir medidas impopulares o por la resistencia de quienes ven peligrar cuotas de privilegio.
Las principales carencias se centran en tres ejes prioritarios, empezando por la necesidad de introducir más flexibilidad en el marco de relaciones laborales, que lejos de proteger al trabajador de la potencial pérdida de su puesto de trabajo, contribuye a destruir empleo y desincentivar la contratación.
En segundo lugar, hay que hacer hincapié en que la riqueza de un país depende esencialmente de un desarrollo sin trabas, del máximo apoyo a los emprendedores y del fomento de la actividad empresarial con un marco fiscal atractivo. El tercer eje prioritario exige poner en orden con carácter estructural las finanzas públicas de todas las administraciones territoriales.
El éxito de la gestión del nuevo Ejecutivo se medirá por su capacidad para modernizar el anquilosado marco que persiste en áreas críticas para el empleo y la generación de actividad productiva, implicando una efectiva barrera para un desarrollo más sólido y dinámico de nuestra economía. La actual crisis ha mostrado descarnadamente que no cabe refugiarse en buenos propósitos y vagas promesas de consolidar las finanzas públicas, a la espera de que escampe.
Sólo con enérgicas medidas que eliminen las trabas al crecimiento cabe confiar en salir de apuros sin trasladar todo el peso del ajuste al recorte de gastos. Sin descuidar una indispensable política de austeridad, la asignatura pendiente para lograr una consolidación duradera pasa ineludiblemente por recobrar nuestra capacidad productiva, con la dificultad añadida de no poder contar con la construcción como elemento motor por bastante tiempo.
Cuanto antes procedamos a realizar un programa de reformas económicas en profundidad, antes y mejor saldremos del actual atolladero. Si las sugerencias avanzadas hoy por EXPANSIÓN contribuyen de alguna manera al indispensable diagnóstico de los problemas, habremos cubierto nuestros objetivos.
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